Literatura



  • 15-04-215

William Shakespeare
¡Ve! si en oriente la graciosa luz...




¡Ve! si en oriente la graciosa luz
su cabeza flamígera levanta,
los ojos de los hombres, sus vasallos,
con miradas le rinden homenaje.

Y mientras sube al escarpado cielo,
como un joven robusto en su edad media,
lo siguen venerando las miradas
que su dorada procesión escoltan.

Pero cuando en su carro fatigado
deja la cumbre y abandona al día,
apártanse los ojos antes fieles,

del anciano y su marcha declinante.
Así tú, al declinar sin ser mirado,
si no tienes un hijo, morirás.


  • 14-04-2015
Eleonora

Edgar Allan Poe

Sub conservatione formæ specifícæ salva anima. 
(Raimundo Lulio)


Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones. Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura es o no la forma más elevada de la inteligencia, si mucho de lo glorioso, si todo lo profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a expensas del intelecto general. Aquellos que sueñan de día conocen muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche. En sus grises visiones obtienen atisbos de eternidad y se estremecen, al despertar, descubriendo que han estado al borde del gran secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del mero conocimiento propio del mal. Penetran, aunque sin timón ni brújula, en el vasto océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, «agressi sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».

Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que Edipo ante el enigma.

La amada de mi juventud, de quien recibo ahora, con calma, claramente, estos recuerdos, era la única hija de la hermana de mi madre, que había muerto hacía largo tiempo. Mi prima se llamaba Eleonora. Siempre habíamos vivido juntos, bajo un sol tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus promontorios, impidiendo que entrara la luz en sus más bellos escondrijos. No había sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi prima y su madre.

Desde las confusas regiones más allá de las montañas, en el extremo más alto de nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde saliera. Lo llamábamos el «Río de Silencio», porque parecía haber una influencia enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando gloriosamente para siempre.

Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos sinuosos hasta su cauce, así como los espacios que se extendían desde las márgenes descendiendo a las profundidades de las corrientes hasta tocar el lecho de guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su excesiva belleza hablaba a nuestros corazones, con altas voces, del amor y la gloria de Dios.

Y aquí y allá, en bosquecillos entre la hierba, como selvas de sueño, brotaban fantásticos árboles cuyos altos y esbeltos troncos no eran rectos, mas se inclinaban graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave, salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes hojas que se derramaban desde sus cimas en largas líneas trémulas, retozando con los céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su soberano, el Sol.

Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel dulce día, y aun al siguiente nuestras palabras fueron temblorosas, escasas. Habíamos arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras una por una desaparecían las blancas margaritas, brotaban, en su lugar, de a diez, los asfódelos rojo rubí. Y la vida surgía en nuestros senderos, pues altos flamencos hasta entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa que habíamos observado largo tiempo en las regiones del Héspero flotaba en su magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más, día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión de grandeza y de gloria.

La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente, como la breve vida que había llevado entre las flores. Ningún artificio disimulaba el fervoroso amor que animaba su corazón, y examinaba conmigo los escondrijos más recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.

Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe sufrir el hombre, en adelante se demoró Eleonora en este único tema doloroso, vinculándolo con todas nuestras conversaciones, así como en los cantos del bardo de Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase.

Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo abandonaría para siempre aquellos felices lugares, transfiriendo el amor entonces tan apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me uniría en matrimonio con ninguna hija de la Tierra, que en modo alguno me mostraría desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes ojos de Eleonora brillaron aún más al oír mis palabras, y suspiró como si le hubieran quitado del pecho una carga mortal, y tembló y lloró amargamente, pero aceptó el juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera del poder de las almas en el Paraíso, por lo menos me daría frecuentes indicios de su presencia, suspirando sobre mí en los vientos vesperales, o colmando el aire que yo respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.

Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del Tiempo formó la muerte de mi amada y comienzo con la segunda era de mi existencia, siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato. Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos, pues el alto flamenco ya no desplegaba su plumaje escarlata ante nosotros, mas voló tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía, más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda la solemnidad de su silencio originario. Y por último, la voluminosa nube se levantó y, abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba Irisada.

Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en las horas solitarias, cuando mi corazón latía pesadamente, los vientos que bañaban mi frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo el aire nocturno, y una vez -¡ah, pero sólo una vez!- me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.

Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo colmara hasta derramarse. Al fin el valle me dolía por los recuerdos de Eleonora, y lo abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.

                                                                  Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su juramento, y las indicaciones de la presencia de Eleonora todavía me llegaban en las silenciosas horas de la noche. De pronto, cesaron estas manifestaciones y el mundo se oscureció ante mis ojos y quedé aterrado ante los abrasadores pensamientos que me poseyeron, ante las terribles tentaciones que me acosaron, pues llegó de alguna lejana, lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante cuya belleza mi corazón desleal se doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado éxtasis de adoración con que vertía toda mi alma en lágrimas a los pies de la etérea Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.

                                                                      Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:

                                                                        «¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos a Eleonora.»

                                                                        FIN


                                                                        • 13-04-2015


                                                                        Bon-Bon

                                                                        Edgar Allan Poe

                                                                        Quand un bon vin meuble mon estomac 
                                                                        Je suis plus savant que Balzac, 
                                                                        Plus sage que Pibrac; 
                                                                        Mon seul bras faisant l’attaque 
                                                                        De la nation Cossaque 
                                                                        La mettroit au sac; 
                                                                        De Charon je passerois le lac 
                                                                        En dormant dans son bac; 
                                                                        J’irois au fier Eac, 
                                                                        Sans que mon cœur fit tic ni tac, 
                                                                        Présenter du tabac.
                                                                        -Vaudeville francés



                                                                        No creo que ninguno de los parroquianos que, durante el reino de... frecuentaban el pequeño café en el cul-de-sac Le Febre, en Rúan, esté dispuesto a negar que Pierre Bon-Bon era un restaurateur de notable capacidad. Me parece todavía más difícil negar que Pierre Bon-Bon era igualmente bien versado en la filosofía de su tiempo. Sus pâtés de foies eran intachables, pero, ¿qué pluma podría hacer justicia a sus ensayos sur la Nature, a sus pensamientos sur l’âme, a sus observaciones sur l’esprit? Si sus omelettes, si sus fricandeaux eran inestimables, ¿qué literato de la época no hubiera dado el doble por una idée de Bon-Bon que por la despreciable suma de todas las idées de los savants? Bon-Bon había explorado bibliotecas que para otros hombres eran inexploradas; había leído más de lo que otros podían llegar a concebir como lectura, había comprendido más de lo que otros hubieran imaginado posible comprender; y si bien no faltaban en la época de su florecimiento algunos escritores de Rúan para quienes «su dicta no evidenciaba ni la pureza de la Academia, ni la profundidad del Liceo», y a pesar, nótese bien, de que sus doctrinas no eran comprendidas de manera muy general, no se sigue empero de ello que fuesen difíciles de comprender. Pienso que su propia evidencia hacía que muchas personas las tomaran por abstrusas. Kant mismo -pero no llevemos las cosas más allá- debe principalmente su metafísica a Bon-Bon. Este no era platónico ni, hablando en rigor, aristotélico; tampoco, a semejanza de Leibniz, malgastaba preciosas horas que podían emplearse mejor inventando una fricassée o, facili gradu, analizando una sensación, en frívolas tentativas de reconciliar todo lo que hay de inconciliable en las discusiones éticas. ¡Oh no! Bon-Bon era jónico. Bon-Bon era igualmente itálico. Razonaba a priori. Razonaba a posteriori. Sus ideas eran innatas... o de otra manera. Creía en Jorge de Trebizonda. Creía en Bessarion. Bon-Bon era, enfáticamente... Bon-Bonista.

                                                                        He hablado del filósofo en su calidad de restaurateur. No quisiera, empero, que alguno de mis amigos vaya a imaginarse que, al cumplir sus hereditarios deberes en esta última profesión, nuestro héroe dejaba de estimar su dignidad y su importancia. ¡Lejos de ello! Hubiera sido imposible decir cuál de las dos ramas de su trabajo le inspiraba mayor orgullo. Opinaba que las facultades intelectuales estaban íntimamente vinculadas con la capacidad estomacal. Incluso no creo que estuviera muy en desacuerdo con los chinos, para quienes el alma reside en el estómago. Pensaba que, como quiera que fuese, los griegos tenían razón al emplear la misma palabra para la mente y el diafragma. No pretendo insinuar con esto una acusación de glotonería, o cualquier otra imputación grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades -¿y qué gran hombre no las tiene por miles?-, eran debilidades de menor cuantía, faltas que, en otros caracteres, suelen considerarse con frecuencia a la luz de las virtudes. Con respecto a una de estas debilidades, ni siquiera la mencionaría en este relato si no fuera por su notable prominencia, el extremo alto rilievo con que asoma en el plano de sus características generales. Hela aquí: jamás perdía la oportunidad de hacer un trato.

                                                                        No digo que fuera avaricioso... nada de eso. Para la satisfacción del filósofo, no era necesario que el trato fuese ventajoso para él. Con tal que se hiciera el convenio -de cualquier género, término o circunstancia-, veíase por muchos días una triunfante sonrisa en su rostro y un guiñar de ojos llenos de malicia que daba pruebas de su sagacidad.

                                                                        Un humor tan peculiar como el que acabo de describir hubiera llamado la atención en cualquier época, sin que tuviera nada de maravilloso. Pero en los tiempos de mi relato, si esta peculiaridad no hubiese llamado la atención, habría sido ciertamente motivo de maravilla. Pronto se llegó a afirmar que, en todas las ocasiones de este género, la sonrisa de Bon-Bon era muy diferente de la franca sonrisa irónica con la cual reía de sus propias bromas, o recibía a un conocido. Corrieron rumores de naturaleza inquietante; repetíanse historias sobre tratos peligrosos, concertados en un segundo y lamentados con más tiempo; y se citaban ejemplos de inexplicables facultades, vagos deseos e inclinaciones anormales, que el autor de todos los males suele implantar en los hombres para satisfacer sus propósitos.

                                                                        El filósofo tenía otras debilidades, pero apenas merecen que hablemos de ellas en detalle. Por ejemplo, es sabido que pocos hombres de extraordinaria profundidad de espíritu dejan de sentirse inclinados a la bebida. Si esta inclinación es causa o más bien prueba de esa profundidad, es cosa más fácil de decir que de demostrar. Hasta donde puedo saberlo, Bon-Bon no consideraba que aquello mereciera una investigación detallada, y tampoco yo lo creo. Empero, al ceder a una propensión tan clásica, no debe suponerse que el restaurateur perdía de vista esa intuitiva discriminación que caracterizaba al mismo tiempo sus ensayos y sus tortillas. Cuando se encerraba a beber, el vino de Borgoña tenía su honra, y había momentos destinados al Côte du Rhone. Para él, el Sauternes era al Medoc lo que Catulo a Homero. Podía jugar con un silogismo al probar el St. Peray, desenredar una discusión frente al Clos de Vougeot y trastornar una teoría en un torrente de Chambertin. Bueno hubiera sido que un análogo sentido del decoro lo hubiese detenido en la frívola tendencia a que he aludido más arriba, pero no era así. Por el contrario, dicho trait del filosófico Bon-Bon llegó a adquirir a la larga una extraña intensidad, un misticismo, como si estuviera profundamente teñido por la diablerie de sus estudios germánicos favoritos.

                                                                        Entrar en el pequeño café del cul-de-sac Le Pebre, en la época de nuestro relato, era entrar en el sanctum de un hombre de genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había un sólo sous-cuisinier en Rúan que no afirmara que Bon-Bon era un hombre de genio. Hasta su gato lo sabía, y se cuidaba mucho de atusarse la cola en su presencia. Su gran perro de aguas estaba al tanto del hecho y, cuando su amo se le acercaba, traducía su propia inferioridad conduciéndose admirablemente y bajando las orejas y las mandíbulas de manera bastante meritoria en un perro. Sin duda, empero, mucho de este respeto habitual podía atribuirse a la apariencia del metafísico. Un aire distinguido se impone, preciso es decirlo, hasta a los animales; y mucho había en el aire del restaurateur que podía impresionar la imaginación de los cuadrúpedos. Siempre se advierte una majestad singular en la atmósfera que rodea a los pequeños grandes -si se me permite tan equívoca expresión- que la mera corpulencia física no es capaz de crear por su sola cuenta. Por eso, aunque Bon-Bon tenía apenas tres pies de estatura y su cabeza era minúscula, nadie podía contemplar la rotundidad de su vientre sin experimentar una sensación de magnificencia que llegaba a lo sublime. En su tamaño, tanto hombres como perros veían un arquetipo de sus capacidades, y en su inmensidad, el recinto adecuado para su alma inmortal.

                                                                        En este punto podría -si ello me complaciera- extenderme en cuestiones de atuendo y otras características exteriores de nuestro metafísico. Podría insinuar que llevaba el cabello corto, cuidadosamente peinado sobre la frente y coronado por un gorro cónico de franela con borlas; que su chaquetón verde no se adaptaba a la moda reinante entre los restaurateurs ordinarios; que sus mangas eran algo más amplias de lo que permitía la costumbre; que los puños no estaban doblados, como ocurría en aquel bárbaro período, con el mismo material y color de la prenda, sino adornados de manera más fantasiosa, con el abigarrado terciopelo de Génova; que sus pantuflas eran de un púrpura brillante, curiosamente afiligranado, y que se las hubiera creído fabricadas en el Japón de no ser por su exquisita terminación en punta y la brillante coloración de sus bordados y costuras; que sus calzones eran de esa tela amarilla semejante al satén, que se denomina aimable; que su capa celeste, que por la forma semejaba una bata, ricamente ornamentada con dibujos carmesíes, flotaba gentilmente sobre los hombros como la niebla de la mañana... y que este tout ensemble fue el que dio origen a la notable frase de Benevenuta, la Improvisatrice de Florencia, al afirmar «que era difícil decir si Pierre Bon-Bon era realmente un ave del paraíso, o más bien un paraíso de perfecciones». Podría, como he dicho, explayarme sobre todos estos puntos si ello me complaciera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden ser dejados a los novelistas históricos, pues se hallan por debajo de la dignidad moral de la realidad.

                                                                        He dicho que «entrar en el café del cul-de-sac Le Pebre era entrar en el sanctum de un hombre de genio»; pero sólo otro hombre de genio hubiera podido estimar debidamente los méritos del sanctum. Una muestra, consistente en un gran libro, balanceábase sobre la entrada. De un lado del volumen aparecía una botella; del otro, un pâté. En el lomo se leía con grandes letras: Œuvres de Bon-Bon. Así, delicadamente, se daban a entender las dos ocupaciones del propietario.

                                                                        Al pisar el umbral, presentábase a la vista todo el interior del local. El café consistía tan sólo en un largo y bajo salón, de construcción muy antigua. En un ángulo se veía el lecho del metafísico. Varias cortinas y un dosel a la griega le daban un aire a la vez clásico y confortable. En el ángulo diagonal opuesto aparecían en familiar comunidad los implementos correspondientes a la cocina y a la biblioteca. Un plato lleno de polémicas descansaba pacíficamente sobre el aparador. Más allá había una hornada de las últimas éticas, y en otra parte una tetera de mélanges en duodécimo. Libros de moral alemana aparecían como carne y uña con las parrillas, y un tenedor para tostadas descansaba al lado de Eusebius, mientras Platón reclinábase a su gusto en la sartén, y manuscritos contemporáneos se arrinconaban junto al asador.

                                                                        En otros sentidos, el café de Bon-Bon difería muy poco de cualquiera de los restaurants de la época. Una gran chimenea abría sus fauces frente a la puerta. A la derecha, un armario abierto desplegaba un formidable conjunto de botellas.

                                                                        Allí mismo, cierta vez a eso de medianoche, durante el riguroso invierno de..., Pierre Bon-Bon, después de escuchar un rato los comentarios de los vecinos sobre su singular propensión, y echarlos finalmente a todos de su casa, corrió el cerrojo con un juramento y se instaló, malhumorado, en un confortable sillón de cuero junto a un buen fuego de leña.

                                                                        Era una de esas espantosas noches que sólo se dan una o dos veces cada siglo. Nevaba copiosamente y la casa temblaba hasta los cimientos bajo las ráfagas del viento que, entrando por las grietas de la pared, corriendo impetuosas por la chimenea, agitaban terriblemente las cortinas del lecho del filósofo y desorganizaban sus fuentes de pâté y sus papeles. El pesado volumen que colgaba fuera, expuesto a la furia de la tempestad, crujía ominosamente, produciendo un sonido quejumbroso con sus puntales de roble macizo.

                                                                        He dicho que el filósofo se instaló malhumorado en su lugar habitual junto al fuego. Varias circunstancias enigmáticas ocurridas a lo largo del día habían perturbado la serenidad de sus meditaciones. Al preparar unos œufs à la Princesse, le había resultado desdichadamente una omelette à la Reine; el descubrimiento de un principio ético se malogró por haberse volcado un guiso, y, finalmente -aunque no en último lugar-, habíasele frustrado uno de esos admirables tratos que en todo momento le encantaba llevar a feliz término. Empero, a la irritación de su espíritu nacida de tan inexplicable contrariedad no dejaba de mezclarse algo de esa ansiedad nerviosa que la furia de una noche tempestuosa se presta de tal manera a provocar. 

                                                                        Luego de silbar a su gran perro de aguas negro para que se instalara más cerca de él, y de ubicarse intranquilo en su sillón, Bon-Bon no pudo dejar de recorrer con ojos inquietos y cautelosos esos lejanos rincones del aposento cuyas densas sombras sólo parcialmente alcanzaba a disipar el rojo fuego de la chimenea. Luego de completar un escrutinio cuya exacta finalidad ni siquiera él era capaz de comprender, acercó a su asiento una mesita llena de libros y papeles y no tardó en absorberse en la tarea de corregir un voluminoso manuscrito, cuya publicación era inminente.

                                                                        Llevaba así ocupado algunos minutos, cuando...

                                                                        -No tengo ningún apuro, Monsieur Bon-Bon -murmuró una voz quejumbrosa en la estancia.

                                                                        -¡Demonio! -exclamó nuestro héroe, enderezándose de un salto, derribando la mesa a un lado y mirando estupefacto en torno.

                                                                        -Exactísimo -repuso tranquilamente la voz.

                                                                        -¡Exactísimo! ¿Qué es exactísimo? ¿Y cómo ha entrado usted aquí? -vociferó el metafísico, mientras sus ojos se posaban en algo que yacía tendido cuan largo era sobre la cama.

                                                                        -Le estaba diciendo -continuó el intruso, sin molestarse por las preguntas- que no tengo la menor prisa, que el negocio que con su permiso me trae aquí no es urgente... y que, en resumen, puedo muy bien esperar a que haya terminado con su exposición.

                                                                        -¡Mi exposición! ¿Y cómo sabe usted... como puede saber que estaba escribiendo una exposición? ¡Gran Dios...!

                                                                        -¡Sh...! -susurró el personaje, con un sonido sibilante; y levantándose presurosamente del lecho, dio un paso hacia nuestro héroe, mientras una lámpara de hierro que colgaba sobre él se balanceaba convulsivamente ante su cercanía.

                                                                        El asombro del filósofo no le impidió observar en detalle el atuendo y la apariencia del desconocido. Su silueta, extraordinariamente delgada y muy por encima de la estatura común, podía apreciarse gracias al raído traje negro que la ceñía, y cuyo corte correspondía al estilo del siglo anterior. No cabía duda de que aquellas ropas habían estado destinadas a una persona mucho más pequeña que su actual poseedor. Los tobillos y muñecas se mostraban al descubierto en una extensión de varias pulgadas. En los zapatos, empero, un par de brillantísimas hebillas parecía dar un mentís a la extrema pobreza manifiesta en el resto del atavío. Llevaba la cabeza cubierta y era completamente calvo, aunque del occipucio le colgaba una queua de considerable extensión. Un par de anteojos verdes, con cristales a los lados, protegía sus ojos de la luz y al mismo tiempo impedían que Bon-Bon pudiera verificar de qué color y conformación eran. No se notaba por ninguna parte la presencia de una camisa, pero una corbata blanca, muy sucia, aparecía cuidadosamente anudada en la garganta, y las puntas, colgando gravemente, daban la impresión (que me atrevo a decir no era intencional) de que se trataba de un eclesiástico. Por cierto que muchos otros detalles, tanto de su atuendo como de sus modales, contribuían a robustecer esa impresión. Sobre la oreja izquierda, a la manera de los pasantes modernos, llevaba un instrumento semejante al stylus de los antiguos. En el bolsillo superior de la chaqueta veíase claramente un librito negro con broches de acero. Este libro estaba colocado de manera tal que, accidentalmente o no, permitía leer las palabras Rituel Catholique en letras blancas sobre el lomo.

                                                                        La fisonomía del personaje era atractivamente saturnina y de una palidez cadavérica. La frente, muy alta, aparecía densamente marcada por las arrugas de la contemplación. Las comisuras de la boca caían hacia abajo, con una expresión de humildad por completo servil. Tenía asimismo una manera de juntar las manos, mientras avanzaba hacia nuestro héroe, un modo de suspirar y una apariencia general de tan completa santidad, que impresionaba de la manera más simpática. Toda sombra de cólera se borró del rostro del metafísico una vez que hubo completado satisfactoriamente el escrutinio de su visitante; estrechándole cordialmente la mano, lo condujo a un sillón.

                                                                        Sería un error radical atribuir este instantáneo cambio de humor del filósofo a cualquiera de las razones que podían haber influido en su ánimo. Hasta donde pude alcanzar a conocer su carácter, Pierre Bon-Bon era el hombre menos capaz de dejarse llevar por las apariencias exteriores, aunque fueran de lo más plausibles. Imposible, además, que un observador tan sagaz de los hombres y las cosas no hubiera advertido instantáneamente el verdadero carácter del personaje que así se abría paso en su hospitalidad. Por no decir más, la conformación de los pies del visitante era suficientemente notable, mantenía apenas en la cabeza un sombrero exageradamente alto, notábase una trémula vibración en la parte posterior de sus calzones y la vibración del faldón de su chaqueta era cosa harto visible. Júzguese, pues, con qué satisfacción encontróse nuestro héroe en la repentina compañía de una persona hacia la cual había experimentado en todo tiempo el más incondicional de los respetos. Demasiado diplomático era, sin embargo, para que se le escapara la menor señal de que sospechaba la verdad. No era su intención demostrar que se daba perfecta cuenta del alto honor que tan inesperadamente gozaba, sino que se proponía inducir a su huésped a que, en el curso de una conversación, le permitiera elucidar ciertas importantes ideas éticas, las cuales, una vez incluidas en su próxima publicación, esclarecerían a la humanidad, inmortalizando de paso a su autor, y bien puedo agregar que la avanzada edad del visitante, así como su conocido dominio de la ciencia moral, permitían suponer que no dejaría de estar al tanto de dichas ideas.

                                                                        Movido por tan elevadas miras, nuestro héroe invitó a sentarse al caballero visitante, mientras echaba nuevos leños al fuego y colocaba sobre la mesa, devuelta a su primitiva posición, algunas botellas de Mousseux. Completadas rápidamente estas operaciones, puso su sillón vis-à-vis con el de su compañero y esperó a que este último iniciara la conversación. Pero los planes, aun los más hábilmente elaborados, suelen verse frustrados en la aplicación, y el restaurateur quedó estupefacto ante las primeras palabras de su visitante.

                                                                        -Veo que me conoce usted, Bon-Bon -dijo-. ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju!

                                                                        Y el diablo, renunciando bruscamente a la santidad de su apariencia, abrió en toda su capacidad una boca de oreja a oreja, como para mostrar una dentadura mellada pero terriblemente puntiaguda, y, mientras echaba la cabeza hacia atrás, rió larga y sonoramente, con maldad, con un resonar estentóreo, mientras el perro negro, agazapado, se agregaba al clamoreo, y el gato, huyendo a la carrera, se erizaba y maullaba desde el rincón más alejado del aposento.

                                                                        Pero nada de esto fue imitado por el filósofo; era un hombre de mundo y no rió como el perro ni traicionó su temblor con maullidos como el gato. Preciso es confesar que estaba algo asombrado al ver que las blancas letras que formaban las palabras Rituel Catholique sobre el libro que sobresalía del bolsillo de su huésped se transformaban instantáneamente en color y en sentido, y que en lugar del título original brillaban con rojo resplandor las palabras Registre des Condamnés. Esta sorprendente circunstancia dio a la respuesta de Bon-Bon un tono un tanto confuso que, de lo contrario, creemos, no hubiera tenido.

                                                                        -Pues bien, señor -dijo el filósofo-. Pues bien, señor... para hablar sinceramente... creo que usted es... palabra de honor... que es el di... quiero decir que, según me parece, tengo una vaga... muy vaga idea del alto honor que...

                                                                        -¡Oh, ah! ¡Sí, perfectamente! -interrumpió su Majestad-. ¡No diga usted más! ¡Ya me doy cuenta!

                                                                        Y, quitándose los anteojos verdes, limpió cuidadosamente los cristales con la manga de su chaqueta y los guardó en el bolsillo.

                                                                        Si Bon-Bon se había asombrado por el incidente del libro, su asombro creció enormemente ante el espectáculo que se presentó ante él. Al levantar los ojos, lleno de curiosidad por conocer el color de los de su huésped, se encontró con que no eran negros, como había imaginado; ni grises, como podía haberlo imaginado; ni castaños o azules, ni amarillos o rojos, ni purpúreos o blancos, ni verdes... ni de ningún otro color de los cielos, de la tierra o de las aguas. En resumen, no solamente Bon-Bon vio claramente que su Majestad no tenía ojos de ninguna especie, sino que le resultó imposible descubrir la menor señal de que hubieran existido en otro momento; pues el espacio donde debían hallarse era tan sólo -me veo obligado a decirlo- una lisa superficie de carne.

                                                                        No entraba en la naturaleza del metafísico abstenerse de hacer algunas averiguaciones sobre las fuentes de tan extraño fenómeno, y la respuesta de su Majestad fue tan pronta como digna y satisfactoria.

                                                                        -¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon ... ojos! ¿Dijo usted ojos? ¡Oh, ah! ¡Ya veo! Supongo que las ridículas imágenes que circulan sobre mí le han dado una falsa idea de mi apariencia personal... ¡Ojos! Los ojos, Pierre Bon-Bon, están muy bien en su lugar adecuado... Dirá usted que dicho lugar es la cabeza. De acuerdo, si se trata de la cabeza de un gusano. Igualmente para usted, dichos órganos son indispensables... Pero ya lo convenceré de que mi visión es más penetrante que la suya. Hay un gato en ese rincón... un bonito gato... ¿lo ve usted? Mírelo con cuidado. Pues bien, Bon-Bon, ¿alcanza usted a contemplar los pensamientos... he dicho los pensamientos... las ideas, las reflexiones... que nacen en el pericráneo de ese gato? ¡Ahí tiene... no los ve usted! Pues el gato está pensando que admiramos el largo de su cola y la profundidad de su mente. Acaba de llegar a la conclusión de que soy un distinguido eclesiástico, y que usted es el más superficial de los metafísicos. Ya ve, pues, que no tengo nada de ciego; pero, para uno de mi profesión, los ojos a que usted alude serían únicamente una molestia y estarían en constante peligro de ser arrancados por una horquilla de tostar o un agitador de brea. Para usted, lo admito, esos aparatos ópticos resultan indispensables. Esfuércese por emplearlos bien, Bon-Bon; por mi parte, mi visión es el alma.

                                                                        Tras esto el visitante se sirvió vino y, luego de llenar otro vaso para Bon-Bon, lo invitó a beberlo sin escrúpulos y a sentirse perfectamente en su casa.

                                                                        -Un libro muy sagaz el suyo, Pierre -continuó su Majestad, dándole una palmada de connivencia en la espalda, una vez que nuestro amigo hubo vaciado su vaso en cumplimiento del pedido de su visitante-. Un libro muy sagaz, palabra de honor. Un libro como los que a mí me gustan... Pienso, sin embargo, que su presentación del tema podría mejorarse, y muchas de sus nociones me recuerdan a Aristóteles. Este filósofo fue uno de mis conocidos más íntimos. Lo quería muchísimo por su terrible malhumor, así como por la increíble facilidad que tenía para equivocarse. En todo lo que escribió sólo hay una verdad sólida, y se la sugerí yo a fuerza de tenerle lástima al verlo tan absurdo. Supongo, Pierre Bon-Bon, que sabe usted muy bien a qué divina verdad moral aludo.

                                                                        -No podría decir que...

                                                                        -¿De veras? Pues bien, fui yo quien dijo a Aristóteles que, al estornudar, el hombre expelía las ideas superfluas por la nariz.

                                                                        -Lo cual... ¡hic!... es absolutamente cierto -dijo el metafísico, mientras se servía otro gran vaso de Mousseux y ofrecía su tabaquera de rapé al visitante.

                                                                        -Tuvimos también a Platón -continuó su Majestad, declinando modestamente la invitación a tomar rapé y el cumplido que entrañaba-. Tuvimos a Platón, por quien en un tiempo sentí el afecto que se guarda a los amigos. ¿Conoció usted a Platón, Bon-Bon? ¡Ah, es verdad, le pido mil perdones! Pues bien, un día me lo encontré en Atenas, en el Partenón. Me dijo que estaba preocupadísimo buscando una idea. Le hice escribir que ο νους εςτιν [[εστιν]] αυλος.  Me dijo que lo haría y se volvió a casa, mientras yo seguía viaje a las pirámides. Pero mi conciencia me remordía por haber pronunciado una verdad, aunque fuera para ayudar a un amigo, y, volviéndome rápidamente a Atenas, llegué junto a la silla del filósofo cuando se disponía a escribir el ‘αυλος.’.  

                                                                        Dando un capirotazo a la lambda, la hice volv0erse cabeza abajo. Por eso la frase dice ahora: ‘νουσ [[νους]] εστιν αυγος’, y constituye, como usted sabe, la doctrina fundamental de su metafísica.

                                                                        -¿Estuvo usted en Roma? -preguntó el restaurateur mientras terminaba su segunda botella de Mousseux y extraía del armario una amplia provisión de Chambertin.

                                                                        -Sólo una vez, Monsieur Bon-Bon, sólo una vez. Hubo un tiempo -dijo el diablo como si recitara un pasaje de un libro- en que la anarquía reinó durante cinco años, en los cuales la república, privada de todos sus funcionarios, no tuvo otra magistratura que los tribunos del pueblo, y éstos carecían de toda investidura legal que los capacitara para las funciones ejecutivas. En ese momento, Monsieur Bon-Bon... y sólo en ese momento estuve en Roma... y, por tanto, carezco de relaciones terrenas con su filosofía.

                                                                        -¿Y qué piensa usted... qué piensa usted... ¡hic!... de Epicuro?

                                                                        -¿Qué pienso de quién? -preguntó el diablo estupefacto-. No pretenderá usted encontrar ningún error en Epicuro, espero. ¿Qué pienso de Epicuro? ¿Habla usted de mí, caballero? ¡Epicuro soy yo! Soy el mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos tratados que tanto celebraba Diógenes Laercio.

                                                                        -¡Miente usted! -dijo el metafísico, a quien el vino se le había subido un tanto a la cabeza.

                                                                        -¡Muy bien! ¡Muy bien, señor mío! ¡Ciertamente muy bien! -dijo su Majestad, al parecer sumamente halagado.

                                                                        -¡Miente usted! -repitió el restaurateur, dogmáticamente-. ¡Miente... ¡hic!... usted!

                                                                        -¡Pues bien, sea como usted quiera! -dijo el diablo pacíficamente, y Bon-Bon, después de vencer a su Majestad en la controversia, consideró de su deber concluir una segunda botella de Chambertin.

                                                                        -Como iba diciendo -continuó el visitante-, y como hacía notar hace un momento, en ese libro suyo, Monsieur Bon-Bon, hay algunas nociones demasiado outrées. ¿Qué pretende usted, por ejemplo, con todo ese camelo del alma? ¿Puede usted decirme, caballero, qué es el alma?

                                                                        -El... ¡hic!... alma -repitió el metafísico, remitiéndose a su manuscrito- es indudablemente...

                                                                        -¡No, señor!

                                                                        -Indudablemente...

                                                                        -¡No, señor!

                                                                        -Indudablemente...

                                                                        -¡No, señor!

                                                                        -Evidentemente...

                                                                        -¡No, señor!

                                                                        - Incontrovertiblemente...

                                                                        -¡No, señor!

                                                                        -¡Hic!

                                                                        -¡No, señor!

                                                                        -E incuestionablemente, el...

                                                                        -¡No, señor, el alma no es eso!

                                                                        (Aquí el filósofo, con aire furibundo, aprovechó la ocasión para dar instantáneo fin a la tercera botella de Chambertin.)

                                                                        -Pues entonces... ¡hic!... Diga usted, señor: ¿qué es?

                                                                        -No es ni esto ni aquello, Monsieur Bon-Bon -repuso pensativo su Majestad-. He probado... quiero decir he conocido algunas almas muy malas, y algunas otras excelentes.

                                                                        Al decir esto se relamió, pero, como apoyara involuntariamente la mano en el volumen que llevaba en el bolsillo, se vio atacado por una violenta serie de estornudos.

                                                                        -Conocí el alma de Cratino -continuó-. Era pasable... La de Aristófanes, chispeante. ¿Platón? Exquisito... No su Platón, sino el poeta cómico; su Platón hubiera hecho vomitar a Cerbero... ¡puah! Veamos... tuvimos a Nevio, Andrónico, Plauto y Terencio. Luego Lucilio, Catulo, Nasón y Quinto Flaco... ¡Querido Quintón! Así lo apodaba yo mientras cantaba un seculare para divertirme, y yo lo tostaba suspendido de un tridente... ¡tan divertido! Pero a esos romanos les falta sabor. Un griego gordo vale por una docena de ellos, aparte de que se conserva, cosa que no puede decirse de un Quirite. Probemos su Sauternes.

                                                                        A esta altura, Bon-Bon había decidido mantenerse fiel al nil admirari, y se apresuró a bajar las botellas en cuestión. Notaba, empero, un extraño sonido, como si alguien estuviera meneando el rabo. Pero el filósofo prefirió no darse por enterado de tan indecorosa conducta de su Majestad; limitóse a dar un puntapié al perro y ordenarle que se estuviera quieto. El visitante continuó entonces:

                                                                        -Descubrí que Horacio tenía un sabor muy parecido al de Aristóteles... y ya sabe usted que me agrada la variedad. Imposible diferenciar a Terencio de Menandro. Para mi asombro, Nasón era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un tonillo nasal como el de Teócrito. Marcial me hizo recordar muchísimo a Arquíloco, y Tito Livio era sin duda alguna Polibio.

                                                                        -¡Hic! -observó aquí Bon-Bon, mientras su Majestad proseguía.

                                                                        -Empero, si algún penchant tengo, Monsieur Bon-Bon... si algún penchant tengo, es el de la filosofía. Permítame decirle, sin embargo, que no cualquier demo... que no cualquier caballero sabe cómo elegir a un filósofo. Los de estatura elevada no son buenos, y los mejores, si no se los descascara bien, tienden a ser un tanto amargos a causa de la hiel.

                                                                        -¡Si no se los descascara...!

                                                                        -Quiero decir, si no se los saca de su cuerpo.

                                                                        -¿Y qué pensaría usted de un... ¡hic!... médico?

                                                                        -¡Ni los mencione, por favor! ¡Puah, puah! -y su Majestad eructó violentamente-. Solamente probé uno... ese canalla de Hipócrates... ¡Olía a asafétida!... ¡Puah, puah! Pesqué un terrible resfrío, lavándolo en la Estigia... y a pesar de todo me contagió el cólera morbo.

                                                                        -¡Qué... hic... qué miserable! -exclamó Bon-Bon-. ¡Qué aborto... hic... de una caja de píldoras!

                                                                        Y el filósofo vertió una lágrima.

                                                                        -Después de todo -continuó el visitante-, si un demo... si un caballero ha de vivir, necesita desplegar suficiente habilidad. Entre nosotros, un rostro rechoncho indica diplomacia.

                                                                        -¿Cómo es eso?

                                                                        -Pues bien, a veces nos vemos bastante apretados en materia de provisiones. Tiene usted que saber que, en un clima tan bochornoso como el nuestro, resulta imposible mantener vivo a un espíritu por más de dos o tres horas, y, luego de muerto, a menos de encurtirlo inmediatamente (y un espíritu encurtido no es sabroso), se pone a... a oler, ¿comprende usted? La putrefacción es de temer siempre que nos envían las almas en la forma habitual.

                                                                        -¡Hic! ¡Hic! ¡Gran Dios! ¿Y cómo se las arreglan?

                                                                        En este momento la lámpara de hierro empezó a oscilar con redoblada violencia y el diablo saltó a medias de su asiento; pero luego, con un contenido suspiro, recobró la compostura, limitándose a decir en voz baja a nuestro héroe:

                                                                        -Le ruego una cosa, Pierre Bon-Bon: que no profiera juramentos.

                                                                        El filósofo se zampó otro vaso, a fin de denotar su plena comprensión y aquiescencia, y el visitante continuó:

                                                                        -Pues bien, nos arreglamos de diversas maneras. La mayoría de nosotros se muere de hambre; algunos transigen con el encurtido; por mi parte, compro mis espíritus vivient corpore, pues he descubierto que así se conservan muy bien.

                                                                        -¿Pero el cuerpo ...hic ...el cuerpo?

                                                                        -¡El cuerpo, el cuerpo! ¿Y qué, el cuerpo? ¡Oh, ah, ya veo! Pues bien, señor mío, el cuerpo no se ve afectado para nada por la transacción. He efectuado innumerables adquisiciones de esta especie en mis tiempos, y los interesados jamás experimentaron el menor inconveniente. Vayan como ejemplo Caín y Nemrod, Nerón, Calígula, Dionisio y Pisístrato... aparte de otros mil, que jamás sospecharon lo que era tener un alma en los últimos tiempos de sus vidas. Empero, señor mío, esos hombres eran el adorno de la sociedad. ¿Y no tenemos a A... a quien conoce usted tan bien como yo? ¿No se halla en posesión de todas sus facultades mentales y corporales? ¿Quién escribe un epigrama más punzante que él? ¿Quién razona con más ingenio? ¿Quién...? ¡Pero, basta! Tengo este convenio en el bolsillo.

                                                                        Así diciendo, extrajo una cartera de cuero rojo y sacó de ella cantidad de papeles. Bon-Bon alcanzó a ver parte de algunos nombres en diversos documentos: Maquiav... Maza... Robesp... y las palabras Calígula, George, Elizabeth. Su Majestad eligió una angosta tira de pergamino y procedió a leer las siguientes palabras:

                                                                        «A cambio de ciertos dones intelectuales que es innecesario especificar, y a cambio, además, de mil luises de oro, yo, de un año y un mes de edad, cedo por la presente al portador de este convenio todos mis derechos, títulos y pertenencias de esa sombra llamada mi alma. (Firmado) A...».

                                                                        (Y aquí su Majestad leyó un nombre que no me creo justificado a indicar de una manera más inequívoca.)

                                                                        -Era un individuo muy astuto -resumió-, pero, como usted, Monsieur Bon-Bon, se equivocaba acerca del alma. ¡El alma... una sombra! ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je je! ¡Ju, ju, ju! ¡Imagínese una sombra fricassée!

                                                                        -¡Imagínese... hic... una sombra fricassée! -repitió nuestro héroe, cuyas facultades se estaban iluminando grandemente ante la profundidad del discurso de su Majestad.

                                                                        -¡Imagínese... hic... una sombra fricassée! -repitió-. ¡Que me cuelguen... hic... hic...! ¡Y si yo hubiera sido tan... hic... tan estúpido! ¡Mi alma señor... hic!

                                                                        -¿Su alma, Monsieur Bon-Bon?

                                                                        -¡Sí, señor! ¡Hic! Mi alma es...

                                                                        -¿Qué, señor mío?

                                                                        -¡No es ninguna sombra, que me cuelguen!

                                                                        -¿Quiere usted decir...?

                                                                        -Sí, señor. Mi alma es... hic... ¡sí, señor!

                                                                        -¿No pretende usted afirmar que...?

                                                                        -Mi alma est... hic... especialmente calificada para... hic... para un...

                                                                        -¿Un qué, señor mío?

                                                                        -Un estofado.

                                                                        -¡Ah!

                                                                        -Un souflée.

                                                                        -¡Eh!

                                                                        -Un fricassée.

                                                                        -¿De veras?

                                                                        -Ragout y fricandeau... ¡Veamos un poco, mi buen amigo! ¡Se la dejaré a usted... hic... haremos un trato! -y el filósofo palmeó a su Majestad en la espalda.

                                                                        -Semejante cosa es imposible -dijo este último calmosamente, mientras se levantaba de su asiento.

                                                                        El metafísico se quedó mirándolo.

                                                                        -Tengo suficiente provisión por el momento -dijo su Majestad.

                                                                        -¡Hic! ¿Cómo?

                                                                        -Y, en cambio, carezco de fondos disponibles.

                                                                        -¿Qué?

                                                                        -Además, no está nada bien de mi parte que...

                                                                        -¡Caballero!

                                                                        -...que me aproveche...

                                                                        -¡Hic!

                                                                        -...de su triste y poco caballeresca situación en este momento.

                                                                        Y con esto, el visitante saludó y se retiró -sin que pueda decirse exactamente de qué manera-. Pero en un bien pensado esfuerzo por arrojar una botella al «villano» rompióse la fina cadena que colgaba del techo, y el metafísico quedó postrado por el golpe de la lámpara al caer.




                                                                        "Bon-Bon" (inicialmente titulado "The Bargain Lost"), 1831

                                                                        12-04-2015

                                                                        William Shakespeare


                                                                        A un día de verano compararte


                                                                        ¿A un día de verano compararte?
                                                                        Más hermosura y suavidad posees.
                                                                        Tiembla el brote de mayo bajo el viento
                                                                        y el estío no dura casi nada.

                                                                        A veces demasiado brilla el ojo solar
                                                                        y otras su tez de oro se apaga;
                                                                        toda belleza alguna vez declina,
                                                                        ajada por la suerte o por el tiempo.

                                                                        Pero eterno será el verano tuyo.
                                                                        No perderás la gracia, ni la Muerte
                                                                        se jactará de ensombrecer tus pasos

                                                                        cuando crezcas en versos inmortales.
                                                                        Vivirás mientras alguien vea y sienta
                                                                        y esto pueda vivir y te dé vida.

                                                                        (Versión de Alejandro Araoz Fraser)

                                                                        • 11-04-2015

                                                                        Balada del ausente

                                                                        Juan Carlos Onetti

                                                                        Entonces no me des un motivo por favor
                                                                        No le des conciencia a la nostalgia,
                                                                        La desesperación y el juego.
                                                                        Pensarte y no verte
                                                                        Sufrir en ti y no alzar mi grito
                                                                        Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,
                                                                        En lo único que puede ser
                                                                        Enteramente pensado
                                                                        Llamar sin voz porque Dios dispuso
                                                                        Que si Él tiene compromisos
                                                                        Si Dios mismo le impide contestar
                                                                        Con dos dedos el saludo
                                                                        Cotidiano, nocturno, inevitable
                                                                        Es necesario aceptar la soledad,
                                                                        Confortarse hermanado
                                                                        Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,
                                                                        En cualquier regreso
                                                                        En cualquier hora cambiable del crepúsculo
                                                                        Tu silencio
                                                                        Y el paso indiferente de Dios que no ve ni saluda
                                                                        Que no responde al sombrero enlutado
                                                                        Golpeando las rodillas
                                                                        Que teme a Dios y se preocupa
                                                                        Por lo que opine, condene, rezongue, imponga.
                                                                        No me des conciencia, grito, necesidad ni orden.
                                                                        Estoy desnudo y lejos, lo que me dejaron
                                                                        Giro hacia el mundo y su secreto de musgo,
                                                                        Hacia la claridad dolorosa del mundo,
                                                                        Desnudo, sólo, desarmado
                                                                        bamboleo mi cuerpo enmagrecido
                                                                        Tropiezo y avanzo
                                                                        Me acerco tal vez a una frontera
                                                                        A un odio inútil, a su creciente miseria
                                                                        Y tampoco es consuelo
                                                                        Esa dulce ilusión de paz y de combate
                                                                        Porque la lejanía
                                                                        No es ya, se disuelve en la espera
                                                                        Graciosa, incomprensible, de ayudarme
                                                                        A vivir y esperar.
                                                                        Ningún otro país y para siempre.
                                                                        Mi pie izquierdo en la barra de bronce
                                                                        Fundido con ella.
                                                                        El mozo que comprende, ayuda a esperar, cree lo que ignora.
                                                                        Se aceptan todas las apuestas:
                                                                        Eternidad, infierno, aventura, estupidez
                                                                        Pero soy mayor
                                                                        Ya ni siquiera creo,
                                                                        En romper espejos
                                                                        En la noche
                                                                        Y lamerme la sangre de los dedos
                                                                        Como si la hubiera traído desde allí
                                                                        Como si la salobre mentira se espesara
                                                                        Como si la sangre, pequeño dolor filoso,
                                                                        Me aproximara a lo que resta vivo, blando y ágil.
                                                                        Muerto por la distancia y el tiempo
                                                                        Y yo la, lo pierdo, doy mi vida,
                                                                        A cambio de vejeces y ambiciones ajenas
                                                                        Cada día más antiguas, suciamente deseosas y extrañas.
                                                                        Volver y no lo haré, dejar y no puedo.
                                                                        Apoyar el zapato en el barrote de bronce
                                                                        Y esperar sin prisa su vejez, su ajenidad, su diminuto no ser.
                                                                        La paz y después, dichosamente, en seguida, nada.
                                                                        Ahí estaré. El tiempo no tocará mi pelo, no inventará arrugas, no me inflará las mejillas
                                                                        Ahí estaré esperando una cita imposible, un encuentro que no se cumplirá.
                                                                        • 10-04-2015

                                                                        Las Manos que crecen

                                                                        Julio Cortazar

                                                                        Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida.
                                                                        Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
                                                                        Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el corazón lleno de júbilo.
                                                                        Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
                                                                        —Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.
                                                                        Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía lejanamente a la calle.
                                                                        Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia delante para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.
                                                                        El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos...? No existía en el mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
                                                                        Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las manos para cubrir la tarea. Las manos... Pero las suyas sí que habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.
                                                                        La luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo le arrastraba por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.
                                                                        Miró hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.
                                                                        Los dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.
                                                                        A pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.
                                                                        Plack alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.
                                                                        El problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.
                                                                        —Absurdo —murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.
                                                                        Trató de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio, calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la esquina y tomar en seguida un ómnibus.
                                                                        En la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía; mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza, un violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera acababan de desvanecerse en serie.
                                                                        Plack seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus. ¿Acaso el tranvía...?
                                                                        El tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.
                                                                        —Tomaré un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.
                                                                        Abundaban los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas. Había un negro en el volante.
                                                                        —¡Praderas verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!
                                                                        —Abre la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de todos los diablos.
                                                                        —¡Praderas verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?
                                                                        Plack gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.
                                                                        —Iré a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo sueño.
                                                                        Golpeó con la frente el cristal delantero.
                                                                        —Llévame a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del doctor September.
                                                                        Después se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó estar.
                                                                        El negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.
                                                                        —Llévame hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y adiós.
                                                                        Se desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión racial, acaso, claro está que sin porqués.
                                                                        Ya dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una sonrisa.
                                                                        —¿Qué lo trae por aquí, amigo Plack?
                                                                        Plack lo miró con lástima.
                                                                        —Nada —repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos, pedazo de facultativo?
                                                                        —¡Oh, oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!
                                                                        Se puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso fenómeno.
                                                                        —Muy raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.
                                                                        —¿A usted le parece?
                                                                        —Sí, es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de las manos... digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.
                                                                        Plack escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
                                                                        —No, no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la... Bueno, ellos vendrán.
                                                                        —Usted dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entretanto, Korinkus...
                                                                        —El peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme... ¡Le digo que me opere! ¡¡Opéreme, hombre..., no sea criminal!!... ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted..?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene...; a mí, sí!!!
                                                                        Lloraba, y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.
                                                                        El doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cuál más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.
                                                                        Lo acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo por debajo de la mascarilla.
                                                                        —Korinkus vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte... ya no estarán con usted.
                                                                        Plack hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra. «Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente...
                                                                        Habían acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal negativa. Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
                                                                        Lentamente, tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante sobre él.
                                                                        —¡Dios mío..! Plack, viejo... Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así...
                                                                        Plack no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.
                                                                        —¿Cómo estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te... te sientes mejor?
                                                                        Entonces, de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado ese horror de las manos...».
                                                                        Lanzó una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.
                                                                        —¡Oh, gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco..., te voy a dar una paliza que te tendrá un año en cama...!
                                                                        Alzó los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.
                                                                        1937


                                                                        09-04-2015

                                                                        EL RELOJ DE ARENA

                                                                        (Por: Jorge Luis Borges // Libro: Nueva Antología Personal)



                                                                        Está bien que se mida con la dura
                                                                        Sombra que una columna en el estío
                                                                        Arroja o con el agua de aquel río
                                                                        En que Heráclito vio nuestra locura

                                                                        El tiempo, ya que al tiempo y al destino
                                                                        Se parecen los dos: la imponderable
                                                                        Sombra diurna y el curso irrevocable
                                                                        Del agua que prosigue su camino.

                                                                        Está bien, pero el tiempo en los desiertos
                                                                        Otra substancia halló, suave y pesada,
                                                                        Que parece haber sido imaginada
                                                                        Para medir el tiempo de los muertos.

                                                                        Surge así el alegórico instrumento
                                                                        De los grabados de los diccionarios,
                                                                        La pieza que los grises anticuarios
                                                                        Relegarán al mundo ceniciento

                                                                        Del alfil desparejo, de la espada
                                                                        Inerme, del borroso telescopio,
                                                                        Del sándalo mordido por el opio
                                                                        Del polvo, del azar y de la nada.

                                                                        ¿Quién no se ha demorado ante el severo
                                                                        Y tétrico instrumento que acompaña
                                                                        En la diestra del dios a la guadaña
                                                                        Y cuyas líneas repitió Durero?

                                                                        Por el ápice abierto el cono inverso
                                                                        Deja caer la cautelosa arena,
                                                                        Oro gradual que se desprende y llena
                                                                        El cóncavo cristal de su universo.

                                                                        Hay un agrado en observar la arcana
                                                                        Arena que resbala y que declina
                                                                        Y, a punto de caer, se arremolina
                                                                        Con una prisa que es del todo humana.

                                                                        La arena de los ciclos es la misma
                                                                        E infinita es la historia de la arena;
                                                                        Así, bajo tus dichas o tu pena,
                                                                        La invulnerable eternidad se abisma.

                                                                        No se detiene nunca la caída
                                                                        Yo me desangro, no el cristal. El rito
                                                                        De decantar la arena es infinito
                                                                        Y con la arena se nos va la vida.

                                                                        En los minutos de la arena creo
                                                                        Sentir el tiempo cósmico: la historia
                                                                        Que encierra en sus espejos la memoria
                                                                        O que ha disuelto el mágico Leteo.

                                                                        El pilar de humo y el pilar de fuego,
                                                                        Cartago y Roma y su apretada guerra,
                                                                        Simón Mago, los siete pies de tierra
                                                                        Que el rey sajón ofrece al rey noruego,

                                                                        Todo lo arrastra y pierde este incansable
                                                                        Hilo sutil de arena numerosa.
                                                                        No he de salvarme yo, fortuita cosa
                                                                        De tiempo, que es materia deleznable.


                                                                        08-04-2015

                                                                        ARTE POÉTICA (Borges)

                                                                        Mirar el río hecho de tiempo y agua
                                                                        Y recordar que el tiempo es otro río,
                                                                        Saber que nos perdemos como el río
                                                                        Y que los rostros pasan como el agua.
                                                                        Sentir que la vigilia es otro sueño
                                                                        Que sueña no soñar y que la muerte
                                                                        Que teme nuestra carne es esa muerte
                                                                        De cada noche, que se llama sueño.
                                                                        Ver en el día o en el año un símbolo
                                                                        De los días del hombre y de sus años,
                                                                        Convertir el ultraje de los años
                                                                        En una música, un rumor y un símbolo,
                                                                        Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
                                                                        Un triste oro, tal es la poesía
                                                                        Que es inmortal y pobre. La poesía
                                                                        Vuelve como la aurora y el ocaso.
                                                                        A veces en las tardes una cara
                                                                        Nos mira desde el fondo de un espejo;
                                                                        El arte debe ser como ese espejo
                                                                        Que nos revela nuestra propia cara.
                                                                        Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
                                                                        Lloró de amor al divisar su Itaca
                                                                        Verde y humilde. El arte es esa Itaca
                                                                        De verde eternidad, no de prodigios.
                                                                        También es como el río interminable
                                                                        Que pasa y queda y es cristal de un mismo
                                                                        Heráclito inconstante, que es el mismo
                                                                        Y es otro, como el río interminable.



                                                                        07-04-2015

                                                                        Ah de la vida...

                                                                        [Poema de Francisco de Quevedo]

                                                                        "¡Ah de la vida!"... ¿Nadie me responde?
                                                                        ¡Aquí de los antaños que he vivido!
                                                                        La Fortuna mis tiempos ha mordido;
                                                                        las Horas mi locura las esconde.
                                                                        ¡Que sin poder saber cómo ni a dónde
                                                                        la salud y la edad se hayan huido!
                                                                        Falta la vida, asiste lo vivido,
                                                                        y no hay calamidad que no me ronde.
                                                                        Ayer se fue; mañana no ha llegado;
                                                                        hoy se está yendo sin parar un punto:
                                                                        soy un fue, y un será, y un es cansado.
                                                                        En el hoy y mañana y ayer, junto
                                                                        pañales y mortaja, y he quedado
                                                                        presentes sucesiones de difunto.

                                                                        fin
                                                                        06-04-215

                                                                         DESDE LA TORREFrancisco de Quevedo

                                                                        Retirado en la paz de estos desiertos,
                                                                        con pocos, pero doctos libros juntos,
                                                                        vivo en conversación con los difuntos,
                                                                        y escucho con mis ojos a los muertos.

                                                                        Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
                                                                        o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
                                                                        y en músicos callados contrapuntos
                                                                        al sueño de la vida hablan despiertos.

                                                                        Las grandes almas, que la muerte ausenta,
                                                                        de injurias de los años vengadoras,
                                                                        libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la emprenta.

                                                                        En fuga irrevocable huye la hora;
                                                                        pero aquélla el mejor cálculo cuenta
                                                                        que en la lección y estudios nos mejora.

                                                                         (Parnaso español, 1648, núm. 115)
                                                                        fin 



                                                                        05-04-2015

                                                                        CALLE DESCONOCIDA

                                                                        Jorge Luis Borges

                                                                        Penumbra de la paloma
                                                                        llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde
                                                                        cuando la sombra no entorpece los pasos
                                                                        y la venida de la noche se advierte
                                                                        como una música esperada,
                                                                        no como símbolo de nuestra esencial nadería.
                                                                        En esa hora de fina luz arenosa
                                                                        mis pasos dieron con una calle ignorada,
                                                                        abierta en noble anchura de terraza,
                                                                        mostrando en las cornisas y en las paredes
                                                                        colores blandos como el mismo cielo
                                                                        que conmovía el fondo.
                                                                        Todo—honesta medianía de las casas austeras,
                                                                        travesura de columnistas y aldabas,
                                                                        tal vez una esperanza de niña en los balcones—
                                                                        se me adentró en el vano corazón
                                                                        con limpidez de lágrima.
                                                                        Quizá esa hora única
                                                                        aventajaba con prestigio la calle,
                                                                        dándole privilegios de ternura,
                                                                        haciéndola real como una leyenda o un verso;
                                                                        lo cierto es que la sentí lejanamente cercana
                                                                        como recuerdo que si llega cansado
                                                                        es porque viene de la hondura del alma.
                                                                        Intimo y entrañable
                                                                        era el milagro de la calle clara
                                                                        y sólo después
                                                                        entendí que aquel lugar era extraño,
                                                                        que toda casa es candelabro
                                                                        donde arden con aislada llama las vidas,
                                                                        que todo inmediato paso nuestro
                                                                        camina sobre Gólgotas ajenos.
                                                                        De su libro Fervor de Buenos Aires (1923).

                                                                        • 04-04-2015

                                                                        Por qué es tan malo Paulo Coelho

                                                                        Por Héctor Abad Faciolince


                                                                        Traducido a 56 idiomas, publicado en 150 países, con más de 54 millones de libros vendidos, a Paulo Coelho hay que reconocerle al menos una virtud: es una mina de oro para sí mismo y para las editoriales. En su libro de mayor éxito, El alquimista (1988), un pastor de ovejas andaluz viaja hasta las pirámides de Egipto en busca de un tesoro. Antes de llegar a su destino se encuentra con el gran mago que posee los dos pilares de la sabiduría alquímica, es decir, sabe destilar el elíxir de la larga vida y ha fabricado un huevo amarillo, la piedra filosofal, con cuya ralladura se puede convertir en oro cualquier otro metal.
                                                                        En su viaje hacia las tumbas de los faraones el alquimista le ha revelado al muchacho otro secreto: “Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando”. Luego le explica que si no todos encontramos este tesoro personal, es porque “los hombres ya no tienen interés en encontrarlo”. Sospecho que muchos desgraciados se consuelan creyendo semejante ingenuidad. Vista descarnadamente, es sólo una simpleza o una pía ilusión. Sin embargo hay algo que tenemos que conceder, y es que sin duda Paulo Coelho encontró su propio tesoro, en cierto sentido su piedra filosofal: la ralladura sosa y rosa y empalagosa de su prosa se convierte —como por arte de magia— en oro editorial, en millones de copias de consumo masivo de mediocridad. Pero ¿cómo lo hace? ¿Y por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente?
                                                                        No voy a dar la respuesta más obvia e inmediata, la que todos dan: Si Coelho vende por sí solo más libros que todos los demás escritores brasileños juntos, esto se debe precisamente a que sus libros son tontos y elementales. Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto. Claro que en los millones de ejemplares vendidos hay algo de esto. Pero también existen muchísimos libros tan malos como los de Coelho que no tienen ningún éxito y, al contrario, hay unos cuantos libros excelentes y literariamente impecables que se venden por millones. En vez de tranquilizarnos con respuestas facilistas y tautológicas (el vulgo es vulgar, el mercadeo vende), conviene examinar con cuidado los libros de Coelho y no desdeñarlos de entrada con altivo esnobismo. Me he impuesto el ejercicio de leerlos para tratar de descubrir en qué estrategias temáticas y narrativas podría residir su extraordinario éxito editorial.
                                                                        La primera respuesta que me di, apenas empezando la lectura de algunos de sus libros, fue que quizá Coelho disfrazaba de misterio y asombro las puras tonterías. Oigan esta, por ejemplo: “Era un día caluroso y el vino, por uno de estos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo”. De verdad, qué misterio insondable que un líquido quite la sed. Después me di cuenta de que sus técnicas narrativas no se agotan en la simple estupidez; son algo más hábiles y algo menos burdas.
                                                                        Para empezar, los libros de Coelho explotan hábilmente un universal humano: nuestra fascinación por los poderes de adivinación y conocimiento sobrenaturales. Ya Thomas Hobbes en su clásico Leviatán (1651) señalaba la irresistible atracción (y por lo tanto el fácil engaño) que padecemos los seres humanos ante todo tipo de presagios. Es una tradición muy antigua (una socorridísima mina de oro, una piedra filosofal) explotar esta debilidad de nuestra psicología. Copio el resumen que hace Hobbes de estos engaños, el cual es preciso y exhaustivo, y parece a su vez un resumen de las técnicas de seducción esotérica que Coelho utiliza en sus libros:
                                                                        “Así se hizo creer a los hombres que encontrarían su fortuna en las respuestas ambiguas y absurdas de los sacerdotes de Delfos, Delos, Ammon y otros famosos oráculos, cuyas respuestas se hacían deliberadamente ambiguas para que fueran adecuadas a las dos posibles eventualidades de un asunto (…). A veces en las frases desprovistas de significado de los locos, a quienes se suponía poseídos por un espíritu divino: a esta posesión se la llamaba entusiasmo, y a estos modos de predecir acontecimientos se les denominaba teomancia o profecía. A veces en el aspecto que presentaban las estrellas en su nacimiento, a lo cual se llamaba horoscopia. A veces en sus propias esperanzas y temores, en lo llamado tumomancia o presagio. A veces en las predicciones de los magos, que pretendían conversar con los muertos, a lo cual se llamaba nigromancia, conjuro y hechicería, y no es otra cosa sino impostura y fraude. A veces en el vuelo casual o en la forma de alimentarse las aves, lo que llamaban augurio. A veces en las entrañas de los animales sacrificados, a lo que llamaban aruspicina. A veces en los sueños; a veces en el graznar de los cuervos o el canto de los pájaros. A veces en las líneas de la cara, a lo que se llamaba metoposcopia; o en las líneas de la mano, palmis­teria; o en las palabras casuales, omina. A veces en monstruos o accidentes desusados, como eclipses, cometas, meteoros raros, temblores de tierra, inundaciones, nacimientos prematuros y cosas semejantes, lo que se llamaba portenta y ostenta, porque parecían predecir o presagiar alguna gran calamidad venidera. A veces en el mero azar, como en el acertijo de cara y cruz, en el juego de elegir versos de Homero y Virgilio, y en otros vanos e innumerables conceptos análogos a los citados. Tan fácil es que los hombres crean en cosas a las cuales han dado crédito otros hombres; con donaire y destreza puede sacarse mucho partido de su miedo e ignorancia”.
                                                                        Veamos de qué manera, “con donaire y destreza”, Paulo Coelho le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia. Me limitaré inicialmente a El alquimista, su obra más leída, pero el mismo procedimiento se puede rastrear en otros libros suyos. El pastor de ovejas andaluz, al principio del cuento, tiene un sueño y va donde una adivina para hacérselo interpretar. Qué deleite; la gitana no sólo le interpreta el sueño (“los sueños son el lenguaje de Dios”) sino que también le lee la mano. Los sueños del protagonista son el leitmotiv del libro, y es a través de ellos como poco a poco se acerca a su tesoro en el periplo Andalucía-Pirámides-Andalucía.
                                                                        Para que un mago cobre prestigio como persona capaz de predecir el futuro, mucho le conviene obrar el prodigio de adivinar el pasado. Éste es el paso siguiente en el libro de Coelho: un adivino escribe sobre la arena los episidios más significativos del pasado del joven protagonista, incluyendo la primera vez que se hizo la paja. Cabe aclarar que esta íntima revelación se expresa con palabras mucho más recatadas: “Leyó cosas que jamás había contado a nadie, como (…) su primera y solitaria experiencia sexual”.
                                                                        El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Les copio algunos ejemplos: “Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”; “La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal”; “Todo es una sola cosa”; “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”; “Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti”; “Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas”. Pero además de este tipo de enseñanzas baratas, de seducción infalible a pesar de su pésimo gusto intelectual, el uso de la magia tradicional también va apareciendo capítulo tras capítulo. Así, el protagonista, al promediar el libro, “acompaña con los ojos el movimiento de los pájaros”. Mira las aves: “De repente, un gavilán dio una rápida zambullida en el cielo y atacó al otro. Cuando hizo este movimiento, el muchacho tuvo una súbita visión: un ejército, con las espadas desenvainadas, entraba en el oasis”. Es el clásico augurio, aunque bastante tosco, pues en vez de descifrar el acertijo del vuelo de los pájaros, al pastor le basta verlo para tener visiones.
                                                                        Hay un ingrediente adicional que hace más eficaz el recurso al pensamiento esotérico. Para volverlo doctrinalmente inofensivo, para despojarlo de todo peligro satánico, Coelho lo combina con dosis adecuadas de cristianismo tradicional: citas de la Biblia, cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, rezos del Padrenuestro… El público mayoritario no se siente en pecado porque lee herejías, y el narrador, al tiempo que se hace pasar por alguien dotado de poderes paranormales (capaz incluso de telepatía), deja saber que él es también un buen cristiano, a pesar de sus coqueteos con la magia.
                                                                        Hasta aquí algunos elementos temáticos que ayudan a entender, en parte, el favor de Coelho entre los lectores. Pero además de lo temático, conviene señalar también algunas estrategias narrativas del autor brasileño. Sus técnicas para ir tejiendo la trama son tan elementales que me recordaron de inmediato el estudio clásico sobre las formas canónicas del cuento infantil. Vladimir Propp, uno de los padres de la narratología, publicó en Leningrado su monumental Morfología del cuento infantil (1928). El principal mérito de este gran trabajo consiste en haber hallado, por encima de los argumentos superficiales de cada cuento, una serie de elementos formales repetitivos. Mirados al microscopio, es posible descubrir que en todos los cuentos de hadas los personajes, por distintos que sean, acometen siempre las mismas acciones, se ven envueltos en situaciones o “motivos” análogos. Como señala Propp, “cambian los nombres de los personajes, pero no sus acciones, o funciones, por lo que se puede concluir que el cuento le atribuye operaciones idénticas a personajes distintos”.
                                                                        No voy a decir que Coelho leyó a Propp, estudió cuáles son las “funciones” más elementales del relato tradicional descubiertas por el ruso, y con esta receta se dedicó a escribir el oro en polvo de sus novelas. Eso sería muy sofisticado. La cosa es más simple: Coelho usa, intuitivamente y con alguna destreza, las estructuras más primitivas del cuento infantil. Tomen ustedes cualquiera de los libros de Coelho y verán lo fácil que resulta identificar situaciones como las siguientes, señaladas por Propp en su Morfología: “El héroe abandona la casa”; “el héroe es puesto a prueba o interrogado”; “el héroe se pone en contacto con alguien que le dará un don”; “el héroe recibe un objeto mágico”; “el héroe cae en desgracia”; “el héroe se traslada o es llevado al lugar donde está el objeto de su búsqueda”; “el héroe lucha con un antagonista”; “el héroe regresa”; “el antagonista es castigado”; “el héroe se casa y sube al trono (u obtiene grandes riquezas)”.
                                                                        Es inútil cansarlos con los ejemplos detallados en que las historias de Coelho parecen calcar literalmente estos esquemas elementales. Les puedo asegurar que, al menos en sus primeros libros, el brasileño repite paso a paso las estructuras narrativas reveladas por el gran formalista ruso hace casi un siglo (y éstos sí que son pronósticos: Propp no sólo describió la tradición popular, sino que anticipó las recetas de un gran éxito editorial).
                                                                        Los libros más recientes de Coelho, por ejemplo el último, Once minutos (2003), son un poco menos rudimentarios que aquellos primeros títulos que lo lanzaron a la fama. En este caso la trama, nutrida por algunos elementos realistas (para esta novela Coelho usó el testimonio de prostitutas existentes), es menos infantil, menos predecible. En todo caso es posible que el inevitable desencanto que viene con los años haya hecho que este último libro de Coelho sea menos ingenuo. Pero el buen gusto estético e intelectual es muy difícil de adquirir, y por lo mismo Once minutos (el cálculo de Coelho de lo que dura un coito), aunque menos esquemático, es un libro incluso más cursi que los anteriores. No quiero afirmar nada que no pueda demostrar con citas textuales. ¿Cuántos ejemplos necesitan para convencerse de la irremediable cursilería de Once minutos? Podría usar un número mágico, de esos que les encantan a los autores de cuentos infantiles, siete, o tres. Para no exagerar, me voy a limitar a tres momentos:
                                                                        1. La protagonista (prostituta brasileña que trabaja en Suiza, y la sola situación es ya de un sentimentalismo telenovelesco), se encuentra con un pintor joven que la invita a su casa. Ella observa que la casa es grande y está vacía. Entonces concluye: “Debía de tener dinero de verdad. Si estuviese casado no osaría hacer aquello porque siempre había gente mirando. Entonces era rico y soltero”.
                                                                        2. En el final feliz de la novela este mismo pintor se le aparece a la muchacha con flores: “Ralf llevaba un ramo de rosas, y los ojos llenos de luz que ella había visto el primer día, cuando la pintaba”.
                                                                        El rico y soltero que en la última página se aparece con un ramo de rosas y se lleva a la muchacha a conocer París es una situación tan perfectamente cursi que, por kitsch, creo que ni Corín Tellado se atrevería a ponerla en una fotonovela. Pero al promediar el libro hay otro momento todavía peor:
                                                                        3. La prostituta le hace un regalo al pintor del que se empieza a enamorar. Abre el bolso y busca su bolígrafo. Dice: “Tiene un poco de mi sudor, de mi concentración, de mi voluntad, y ahora te lo entrego. (…) Tú tienes mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños”.
                                                                        Fuera de la ridiculez de la frase, que es única, hay algo todavía más perturbador: al leerla uno se imagina que el autor está copiando aquí su propia vida. Me parece ver la escena; el multimillonario que ha vendido 54 millones de ejemplares con tantas revelaciones de su estro poético, le muestra a una muchacha el objeto mágico (y fálico) con que la va a conquistar. Le dice, pensando ya en el colchón de la suite que los espera: “Te entrego mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños”. Debe tener un bolígrafo para cada día, cada hotel y cada viaje. Y algo más triste: seguramente algunas víctimas, igual que miles de lectores, se dejarán conquistar con semejante frase y semejante halago. Claro que esto último es lo único que no puedo demostrar de todo lo que he dicho sobre Coelho en este artículo. Esta última situación tan sólo la supongo y es sólo una hipótesis sin fundamento, producto de una mente malpensada; todo lo demás lo he tomado directamente de sus libros.
                                                                        Texto publicado en El Malpensante (2003)


                                                                        03-04-2015

                                                                        Lo peor del amor 

                                                                        Joaquin Sabina

                                                                        Lo peor del amor cuando termina
                                                                        son las habitaciones ventiladas,
                                                                        el puré de reproches con sardinas,
                                                                        las golondrinas muertas en la almohada.
                                                                        Lo malo del después son los despojos
                                                                        que embalsaman al humo de los sueños,
                                                                        los teléfonos que hablan con los ojos,
                                                                        el sístole sin diástole sin dueño.
                                                                        Lo más ingrato es encalar la casa,
                                                                        remendar las virtudes veniales,
                                                                        condenar a la hoguera los archivos.
                                                                        Lo peor del amor es cuando pasa,
                                                                        cuando al punto final de los finales
                                                                        no le quedan dos puntos suspensivos…


                                                                        02-04-2015

                                                                        Casa tomada


                                                                        Julio Cortázar


                                                                        Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
                                                                        Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
                                                                        Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
                                                                        Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
                                                                        Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
                                                                        Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
                                                                        Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
                                                                        -Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
                                                                        Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
                                                                        -¿Estás seguro?
                                                                        Asentí.
                                                                        -Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
                                                                        Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
                                                                        Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
                                                                        -No está aquí.
                                                                        Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
                                                                        Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
                                                                        Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
                                                                        -Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
                                                                        Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
                                                                        (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
                                                                        Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
                                                                        Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
                                                                        No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
                                                                        -Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
                                                                        -¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
                                                                        -No, nada.
                                                                        Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
                                                                        Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
                                                                        FIN





                                                                        01-04-2015

                                                                        Elmo Valencia

                                                                        EL UNIVERSO HUMANO


                                                                        Había una mujer tan bella que muy pronto quedó embarazada. Sin embargo, a nadie preocupó lo más mínimo el hecho, muy normal dentro del prodigio de la naturaleza. Pero a Cielo —que así se llamaba la mujer— le sucedió algo tan extraño que su embarazo por un momento hizo temblar las leyes biológicas de la perpetuidad de nuestra especie.

                                                                        Sucedió que fueron pasando los meses y a Cielo, como es de suponerse, le crecía el vientre. ¿Por qué no? ¿Acaso no le había crecido a Eva y a Briggite Bardot? ¿Por qué entonces no le podía crecer el vientre a Cielo, también criatura de Dios y tan bella?

                                                                        Pero pasaron las nueve lunas y el alumbramiento no llegó y vinieron otras lunas y a Cielo le siguió creciendo el vientre. ¿Qué hacer ante este hecho tan alarmante como desconocido? ¿Qué decían al respecto los libros sagrados de las parturientas? ¿Castigo de Dios? ¿Obra del Diablo? ¿Mal de ojo?

                                                                        Sin embargo, una noche Cielo se dio cuenta de que en lugar de haber dado a luz hacia fuera, había dado a luz hacia adentro. Su hijo había nacido dentro de su propio cuerpo.

                                                                        Con gran serenidad de ánimo la madre se fue adaptando al nuevo proceso involutivo, y el hijo, como si se hubiera resignado desde un comienzo a su absurda situación, comenzó a organizar su vida.

                                                                        Cielo se puso a desarrollar a base de reflejos un desconocido amor maternal por ese cuerpecito que llevaba dentro y que a veces se movía como un gato. Primero lo sintió gatear, las rodillas del nene se hundían en ese blando almohadón que es la capa basal del endometrio. Luego lo sintió caminar; la cabeza le rozaba algunas vísceras, y Cielo, con la leche agriada, caía en otra estación de la vigilia. Ante su sorpresa, los pasos del niño no la lastimaban en lo más mínimo.

                                                                        Pasaron los años y Cielo, atenta a sus movimientos, trataba de seguirlo, y a cada instante se preguntaba en qué meridiano de su vientre el pequeño estaría parado.

                                                                        ¿Como llamarlo? ¡Ícaro! ¿Por qué no? Al fin y al cabo Ícaro es un nombre hermoso. ¿Acaso Ícaro no quiso alcanzar el cielo? Así que Cielo decidió ponerle por nombre Ícaro.

                                                                        Un día Cielo oyó ruidos extraños. Eran monosílabos, palabras entrecortadas. El niño quería aprender a hablar. Entonces, Cielo le enseñó a decir “mamá”, a decir “Cielo” y a decir “Ícaro”.

                                                                        Desde ese momento el pequeño fue entendiendo el significado de los sonidos y una vez posesionado del esplendor de las palabras, comenzó a desarrollarse entre madre e hijo la aventura de un dialogo que no terminaría sino en la separación definitiva de uno de los dos.

                                                                        - Ícaro, ¿quieres un caballito?

                                                                        - Sí,  mamá.

                                                                        Y Cielo se tragó un caballito de madera para que su hijo jugara con él. Y luego le envío más juguetes, llegando hasta el extremo de tragarse en diciembre un pino y las bombillitas rojas para que Ícaro tuviera también su árbol de Navidad, e Ícaro lo plantó y lo alumbró y de noche, el fabuloso vientre rosado de Cielo, parecía una lámpara iluminando el mundo. Y aunque parezca mentira, aquel diciembre el Niño Dios le trajo como regalo de Navidad un trencito eléctrico. A partir de ese momento, Cielo se acostumbró a quedarse dormida cuando el juguete comenzaba a hacer taque-taque-taque-taque.

                                                                        Cuando cumplió siete años, Cielo le envío cuadernos y lápices de colores para que aprendiera a leer y escribir. Y a prendió muy bien. Su primera frase fue: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”; y su primera lectura “Las aventuras de Tío Conejo”.

                                                                        Y el niño fue creciendo y comenzó a indagar por todo y hasta llegó a preocuparse por el origen de las cosas: “Mamá, ¿quién hizo el mundo?”. “Mamá, ¿qué fue primero, la gallina o el huevo?”. Y Cielo le contestaba maravillosamente con la bondad en la boca.

                                                                        Cuando se sintió hombre, Ícaro decidió estudiar filosofía para hallar una respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”; “¿Qué hago aquí encerrado?” Entonces Cielo se tragó desde La República de Platón hasta El Ser y la Nada. Al final, no encontrando en la filosofía la respuesta que buscaba, decidió ser astronauta y así se lo comunicó a su madre. La mujer escuchó su súplica y una noche, sin que la viera, se tragó un vestido espacial y un cohete.

                                                                        Ícaro comenzó a prepararse para la grande aventura. Cuando llegó el momento culminante levantó vuelo y comenzó a sondear el Universo de Cielo. Recorrió su cintura; bajó varias veces por los muslos hasta el límite de los pies; estudió con detenimiento el corazón, pues le mortificaba saber que ese órgano tan lleno de bondad y sabiduría fuera tan falsamente comprendido; atravesó la vía láctea de sus senos dejando en su pecho un resplandor de luz anaranjada. Se internó por la garganta y conoció la andrómeda de sus labios; subió hasta los dos astros de sus ojos, y allí por primera vez Cielo e Ícaro se miraron mutuamente. Le dio varias vueltas al planeta del cerebro, avanzó tal vez buscando el milagro de la vida por entre los brillantes tejidos de la carne, se cercioró de la blancura de los huesos y, finalmente, embriagado de tanta belleza, cayó en el torrente circulatorio de Cielo y allí entre la espuma del tiempo y de la sangre, quedó girando y girando hasta que Ícaro se agotó como un meteoro.




                                                                        31-03-2015
                                                                        De Roberto Gómez Bolaños.

                                                                        VERSOS ANTIGUOS

                                                                        Esta noche yo deseo
                                                                        Escribir versos antiguos,
                                                                        Actualmente tan exiguos
                                                                        Que parecen de museo.
                                                                        Y sin embargo yo creo
                                                                        Que existe aún quien estima
                                                                        La cadencia que sublima,
                                                                        La música del acento
                                                                        Y el sabroso condimento
                                                                        De la métrica y la rima.
                                                                        La empresa, pues, acometo,
                                                                        Con singular valentía,
                                                                        Consciente que hoy en día
                                                                        Soy un cursi por decreto.
                                                                        Y solamente prometo
                                                                        Que escribiré sin engaño,
                                                                        Reconociendo que extraño
                                                                        Métrica, rima y acento.
                                                                        ¡Aquel viejo condimento
                                                                        De los poemas de antaño!



                                                                        30-03-2015

                                                                        FLORINDA 


                                                                        Roberto Gómez Bolaños (Chespirito)


                                                                        Florinda Meza García, 

                                                                        Un nombre, es evidente, 

                                                                        que rima perfectamente 

                                                                        con la palabra "poesía". 

                                                                        Buen principio, yo diría, 

                                                                        para iniciar el proyecto 

                                                                        de un poema sin defecto 

                                                                        y sin mácula, amén 

                                                                        de que el nombre es también 

                                                                        octasílabo perfecto.

                                                                        Por si no fuera bastante, 

                                                                        está la palabra "linda" 

                                                                        para rimar con "Florinda" 

                                                                        en perfecta consonante. 

                                                                        Y de modo semejante, 

                                                                        sin alardes de proeza, 

                                                                        resulta obvio que "Meza" 

                                                                        a más de ser apellido, 

                                                                        es palabra que ha servido 

                                                                        para rimar con "belleza".


                                                                        Por tanto, sin más problemas, 

                                                                        la décima ya está 

                                                                        con la métrica que va 

                                                                        en semejantes poemas. 

                                                                        Mas ¿por qué tantas faenas? 

                                                                        si para hacer poesía 

                                                                        en realidad bastaría 

                                                                        son eliminar el resto 

                                                                        y escribir tan sólo esto: 

                                                                        "Florinda Meza García".



                                                                        29  03  2015

                                                                        Mario Benedetti

                                                                        • Espero

                                                                        Te espero cuando la noche se haga día,
                                                                        suspiros de esperanzas ya perdidas.
                                                                        No creo que vengas, lo sé,
                                                                        sé que no vendrás.
                                                                        Sé que la distancia te hiere,
                                                                        sé que las noches son más frías,
                                                                        Sé que ya no estás.
                                                                        Creo saber todo de ti.
                                                                        Sé que el día de pronto se te hace noche:
                                                                        sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
                                                                        sé que soy un idiota al esperarte,
                                                                        Pues sé que no vendrás.
                                                                        Te espero cuando miremos al cielo de noche:
                                                                        tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
                                                                        en los que un beso marcó la despedida,
                                                                        Quizás por el resto de nuestras vidas.
                                                                        Es triste hablar así.
                                                                        Cuando el día se me hace de noche,
                                                                        Y la Luna oculta ese sol tan radiante.
                                                                        Me siento sólo, lo sé,
                                                                        nunca supe de nada tanto en mi vida,
                                                                        solo sé que me encuentro muy sólo,
                                                                        y que no estoy allí.
                                                                        Mis disculpas por sentir así,
                                                                        nunca mi intención ha sido ofenderte.
                                                                        Nunca soñé con quererte,
                                                                        ni con sentirme así.
                                                                        Mi aire se acaba como agua en el desierto.
                                                                        Mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
                                                                        Mi esperanza de vivir eres tu,
                                                                        y no estoy allí.
                                                                        ¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
                                                                        ¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
                                                                        Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
                                                                        Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
                                                                        ¿Por qué no solo me olvido de ti?
                                                                        ¿Por qué no vivo solo así?
                                                                        ¿Por qué no solo....




                                                                        28  03  2015


                                                                        •  EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS
                                                                        Miguel Ramos Carrion



                                                                        Desde la ventana de un casucho viejo
                                                                        abierta en verano, cerrada en invierno
                                                                        por vidrios verdosos y plomos espesos,
                                                                        una salmantina de rubio cabello
                                                                        y ojos que parecen pedazos de cielo,
                                                                        mientas la costura mezcla con el rezo,
                                                                        ve todas las tardes pasar en silencio
                                                                        los seminaristas que van de paseo.

                                                                        Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
                                                                        marchan en dos filas pausados y austeros,
                                                                        sin más nota alegre sobre el traje negro
                                                                        que la beca roja que ciñe su cuello,
                                                                        y que por la espalda casi roza el suelo.

                                                                        Un seminarista, entre todos ellos,
                                                                        marcha siempre erguido, con aire resuelto.
                                                                        La negra sotana dibuja su cuerpo
                                                                        gallardo y airoso, flexible y esbelto.
                                                                        Él, solo a hurtadillas y con el recelo
                                                                        de que sus miradas observen los clérigos,
                                                                        desde que en la calle vislumbra a lo lejos
                                                                        a la salmantina de rubio cabello
                                                                        la mira muy fijo, con mirar intenso.
                                                                        Y siempre que pasa le deja el recuerdo
                                                                        de aquella mirada de sus ojos negros.
                                                                        Monótono y tardo va pasando el tiempo
                                                                        y muere el estío y el otoño luego,
                                                                        y vienen las tardes plomizas de invierno.

                                                                        Desde la ventana del casucho viejo
                                                                        siempre sola y triste; rezando y cosiendo
                                                                        una salmantina de rubio cabello
                                                                        ve todas las tardes pasar en silencio
                                                                        los seminaristas que van de paseo.

                                                                        Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
                                                                        su seminarista de los ojos negros;
                                                                        cada vez que pasa gallardo y esbelto,
                                                                        observa la niña que pide aquel cuerpo
                                                                        marciales arreos.

                                                                        Cuando en ella fija sus ojos abiertos
                                                                        con vivas y audaces miradas de fuego,
                                                                        parece decirla:  —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
                                                                        ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
                                                                        ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
                                                                        A la niña entonces se le oprime el pecho,
                                                                        la labor suspende y olvida los rezos,
                                                                        y ya vive sólo en su pensamiento
                                                                        el seminarista de los ojos negros.

                                                                        En una lluviosa mañana de inverno
                                                                        la niña que alegre saltaba del lecho,
                                                                        oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
                                                                        por la angosta calle pasaba un entierro.

                                                                        Un seminarista sin duda era el muerto;
                                                                        pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
                                                                        con la beca roja por cima cubierto,
                                                                        y sobre la beca, el bonete negro.
                                                                        Con sus voces roncas cantaban los clérigos
                                                                        los seminaristas iban en silencio
                                                                        siempre en dos filas hacia el cementerio
                                                                        como por las tardes al ir de paseo.

                                                                        La niña angustiada miraba el cortejo
                                                                        los conoce a todos a fuerza de verlos...
                                                                        tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
                                                                        el seminarista de los ojos negros.

                                                                        Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
                                                                        y allá en la ventana del casucho viejo,
                                                                        una pobre anciana de blancos cabellos,
                                                                        con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
                                                                        mientras la costura mezcla con el rezo,
                                                                        ve todas las tardes pasar en silencio
                                                                        los seminaristas que van de paseo.

                                                                        La labor suspende, los mira, y al verlos
                                                                        sus ojos azules ya tristes y muertos
                                                                        vierten silenciosas lágrimas de hielo.

                                                                        Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
                                                                        del seminarista de los ojos negros...



                                                                        • 27-03-2015


                                                                        FINAL DEL AÑOBORGES, J.L., Fervor de Buenos Aires (1923)
                                                                        Ni el pormenor simbólico
                                                                        de reemplazar un tres por un dos
                                                                        ni esa metáfora baldía
                                                                        que convoca un lapso que muere y otro que surge
                                                                        ni el cumplimiento de un proceso astronómico
                                                                        aturden y socavan
                                                                        la altiplanicie de esta noche
                                                                        y nos obligan a esperar
                                                                        las doce irreparables campanadas.
                                                                        La causa verdadera
                                                                        es la sospecha general y borrosa
                                                                        del enigma del Tiempo;
                                                                        es el asombro ante el milagro
                                                                        de que a despecho de infinitos azares,
                                                                        de que a despecho de que somos
                                                                        las gotas del río de Heráclito,
                                                                        perdure algo en nosotros:
                                                                        inmóvil.
                                                                        fin 


                                                                        22/02/2015


                                                                        • " A buen juez mejor testigo"

                                                                        Autor: Jose Zorrilla


                                                                        I
                                                                        Entre pardos nubarrones
                                                                        pasando la blanca luna,
                                                                        con resplandor fugitivo,
                                                                        la baja tierra no alumbra.
                                                                        La brisa con frescas alas
                                                                        juguetona no murmura,
                                                                        y las veletas no giran
                                                                        entre la cruz y la cúpula.
                                                                        Tal vez un pálido rayo
                                                                        la opaca atmósfera cruza,
                                                                        y unas en otras las sombras
                                                                        confundidas se dibujan.
                                                                        Las almenas de las torres
                                                                        un momento se columbran,
                                                                        como lanzas de soldados
                                                                        apostados en la altura.
                                                                        Reverberan los cristales
                                                                        la trémula llama turbia,
                                                                        y un instante entre las rocas
                                                                        riela la fuente oculta.
                                                                        Los álamos de la Vega
                                                                        parecen en la espesura
                                                                        de fantasmas apiñados
                                                                        medrosa y gigante turba;
                                                                        y alguna vez desprendida
                                                                        gotea pesada lluvia,
                                                                        que no despierta a quien duerme,
                                                                        ni a quien medita importuna.
                                                                        Yace Toledo en el sueño
                                                                        entre las sombras confusa,
                                                                        y el Tajo a sus pies pasando
                                                                        con pardas ondas lo arrulla.
                                                                        El monótono murmullo
                                                                        sonar perdido se escucha,
                                                                        cual si por las hondas calles
                                                                        hirviera del mar la espuma.
                                                                        ¡Qué dulce es dormir en calma
                                                                        cuando a lo lejos susurran
                                                                        los álamos que se mecen,
                                                                        las aguas que se derrumban!
                                                                        Se sueñan bellos fantasmas
                                                                        que el sueño del triste endulzan,
                                                                        y en tanto que sueña el triste,
                                                                        no le aqueja su amargura.
                                                                        Tan en calma y tan sombría
                                                                        como la noche que enluta
                                                                        la esquina en que desemboca
                                                                        una callejuela oculta,
                                                                        se ve de un hombre que guarda
                                                                        la vigilante figura,
                                                                        y tan a la sombra vela
                                                                        que entre las sombras se ofusca.
                                                                        Frente por frente a sus ojos
                                                                        un balcón a poca altura
                                                                        deja escapar por los vidrios
                                                                        la luz que dentro le alumbra;
                                                                        mas ni en el claro aposento,
                                                                        ni en la callejuela oscura
                                                                        el silencio de la noche
                                                                        rumor sospechoso turba.
                                                                        Pasó así tan largo tiempo,
                                                                        que pudiera haberse duda
                                                                        de si es hombre, o solamente
                                                                        mentida ilusión nocturna;
                                                                        pero es hombre, y bien se ve,
                                                                        porque con planta segura,
                                                                        ganando el centro a la calle,
                                                                        resuelto y audaz pregunta:
                                                                        "¿Quién va?", y a corta distancia
                                                                        el igual compás se escucha
                                                                        de un caballo que sacude
                                                                        las sonoras herraduras.
                                                                        "¿Quién va?", repite, y cercana
                                                                        otra voz menos robusta
                                                                        responde: "Un hidalgo, ¡calle!"
                                                                        Y el paso el bulto apresura,
                                                                        "Téngase el hidalgo", el hombre
                                                                        replica, y la espada empuña.
                                                                        "Ved más bien si me haréis calle,
                                                                        repitieron con mesura,
                                                                        que hasta hoy a nadie se tuvo
                                                                        Iván de Vargas y Acuña."
                                                                        "Pase el Acuña y perdone",
                                                                        dijo el mozo en faz de fuga,
                                                                        pues, teniéndose el embozo,
                                                                        sopla un silbato y se oculta.
                                                                        Paró el jinete a una puerta,
                                                                        y con precaución difusa
                                                                        salió una niña al balcón
                                                                        que llama interior alumbra.
                                                                        "¡Mi padre!", clamó en voz baja,
                                                                        y el viejo en la cerradura
                                                                        metió la llave pidiendo
                                                                        a sus gentes que le acudan.
                                                                        Un negro por ambas bridas,
                                                                        tomó la cabalgadura,
                                                                        cerróse detrás la puerta
                                                                        y quedó la calle muda.
                                                                        En esto desde el balcón,
                                                                        como quien tal acostumbra,
                                                                        un mancebo por las rejas
                                                                        de la calle se asegura.
                                                                        Asió el brazo al que apostado
                                                                        hizo cara a Iván de Acuña,
                                                                        y huyeron en el embozo
                                                                        velando la catadura.

                                                                        IIClara, apacible y serena
                                                                        pasa la siguiente tarde,
                                                                        y el sol tocando su ocaso
                                                                        apaga su luz gigante;
                                                                        se ve la imperial Toledo
                                                                        dorada por los remates
                                                                        como una ciudad de grana
                                                                        coronada de cristales.
                                                                        El Tajo por entre rocas
                                                                        sus anchos cimientos lame,
                                                                        dibujando en las arenas
                                                                        las ondas con que las bate.
                                                                        Y la ciudad se retrata
                                                                        en las ondas desiguales,
                                                                        como en prendas de que el río
                                                                        tan afanoso la bañe.
                                                                        A lo lejos en la Vega
                                                                        tiende galán por sus márgenes,
                                                                        de sus álamos y huertos
                                                                        el pintoresco ropaje;
                                                                        y porque su altiva gala
                                                                        más a los ojos halague,
                                                                        la salpica con escombros
                                                                        de castillos y de alcázares.
                                                                        Un recuerdo en cada piedra
                                                                        que toda una historia vale,
                                                                        cada colina un secreto
                                                                        de príncipes o galanes.
                                                                        Aquí se bañó la hermosa
                                                                        por quien dejó un rey culpable
                                                                        amor, fama, reino y vida
                                                                        en manos de musulmanes.
                                                                        Allí recibió Galiana
                                                                        a su receloso amante,
                                                                        en esa cuesta que entonces
                                                                        era un plantel de azahares.
                                                                        Allá por aquella torre
                                                                        que hicieron puerta los árabes,
                                                                        subió el Cid sobre Babieca
                                                                        con su gente y su estandarte.
                                                                        Más lejos se ve el castillo
                                                                        de San Servando, o Cervantes,
                                                                        donde nada se hizo nunca
                                                                        y nada al presente se hace.
                                                                        A este lado está la almena
                                                                        por do sacó vigilante
                                                                        el conde don Peranzules
                                                                        al rey, que supo una tarde
                                                                        fingir tan tenaz modorra,
                                                                        que, político y constante,
                                                                        tuvo siempre el brazo quedo
                                                                        las palmas al horadarle.
                                                                        Allí está el circo romano,
                                                                        gran cifra de un pueblo grande,
                                                                        y aquí la antigua basílica
                                                                        de bizantinos pilares,
                                                                        que oyó en el primer concilio
                                                                        las palabras de los Padres
                                                                        que velaron por la Iglesia
                                                                        perseguida o vacilante.
                                                                        La sombra en este momento
                                                                        tiende sus turbios cendales
                                                                        por todas esas memorias
                                                                        de las pasadas edades;
                                                                        y del Cambrón y Bisagra
                                                                        los caminos desiguales,
                                                                        camino a los toledanos
                                                                        hacia las murallas abren.
                                                                        Los labradores se acercan
                                                                        al fuego de sus hogares,
                                                                        cargados con sus aperos,
                                                                        cargados con sus afanes.
                                                                        Los ricos y sedentarios
                                                                        se tornan con paso grave,
                                                                        calado el ancho sombrero,
                                                                        abrochados los gabanes;
                                                                        y los clérigos y monjes
                                                                        y los prelados y abades,
                                                                        sacudiendo el leve polvo
                                                                        de capelos y sayales.
                                                                        Quédase sólo un mancebo
                                                                        de impetuosos ademanes,
                                                                        que se pasea ocultando
                                                                        entre la capa el semblante.
                                                                        Los que pasan le contemplan
                                                                        con decisión de evitarle,
                                                                        y él contempla a los que pasan
                                                                        como si a alguien aguardase
                                                                        Los tímidos aceleran
                                                                        los pasos al divisarle,
                                                                        cual temiendo de seguro
                                                                        que les proponga un combate;
                                                                        y los valientes le miran
                                                                        cual si sintieran dejarle
                                                                        sin que libres sus estoques
                                                                        en riña sonora dancen.
                                                                        Una mujer, también sola,
                                                                        se viene el llano adelante,
                                                                        la luz del rostro escondida
                                                                        en tocas y tafetanes.
                                                                        Mas en lo leve del paso
                                                                        y en lo flexible del talle
                                                                        puede a través de los velos
                                                                        una hermosa adivinarse.
                                                                        Vase derecha al que aguarda,
                                                                        y él al encuentro le sale
                                                                        diciendo…cuanto se dicen
                                                                        en las citas los amantes.
                                                                        Mas ella, galanterías
                                                                        dejando severa aparte,
                                                                        así al mancebo interrumpe
                                                                        en voz decidida y grave:
                                                                        "Abreviemos de razones,
                                                                        Diego Martínez; mi padre,
                                                                        que un hombre ha entrado en su ausencia
                                                                        dentro mi aposento sabe,
                                                                        y así quien mancha mi honra
                                                                        con la suya me la lave;
                                                                        o dadme mano de esposo,
                                                                        o libre de vos dejadme."
                                                                        Miróla Diego Martínez
                                                                        atentamente un instante,
                                                                        y echando a su lado el embozo
                                                                        repuso palabras tales:
                                                                        "Dentro de un mes, Inés mía,
                                                                        parto a la guerra de Flandes;
                                                                        al año estaré de vuelta
                                                                        y contigo en los altares.
                                                                        Honra que yo te desluzca
                                                                        con honra mía se lave,
                                                                        que por honra vuelven honra
                                                                        hidalgos que en honra nacen."
                                                                        "Júralo", exclama la niña.
                                                                        "Más que mi palabra vale
                                                                        no te valdrá un juramento."
                                                                        "Diego, la palabra es aire."
                                                                        "¡Vive Dios, que estás tenaz!
                                                                        Dalo por jurado y baste."
                                                                        "No me basta; que olvidar
                                                                        puedes la palabra en Flandes."
                                                                        "¡Voto a Dios! ¿Qué más pretendes?"
                                                                        "Que a los pies de aquella imagen
                                                                        lo jures como cristiano
                                                                        del Santo Cristo delante."
                                                                        Vaciló un punto Martínez.
                                                                        Mas porfiando que jurase,
                                                                        llevóle Inés hacia el templo
                                                                        que en medio la Vega yace.
                                                                        Enclavado en un madero,
                                                                        en duro y postrero trance,
                                                                        ceñida la sien de espinas,
                                                                        descolorido el semblante,
                                                                        víase allí un crucifijo
                                                                        teñido de negra sangre
                                                                        a quien Toledo devota
                                                                        acude hoy en sus azares.
                                                                        Ante sus plantas divinas
                                                                        llegaron ambos amantes,
                                                                        y haciendo Inés que Martínez
                                                                        los sagrados pies tocase,
                                                                        preguntóle
                                                                        "Diego, ¿juras
                                                                        a tu vuelta desposarme?
                                                                        Contestó el mozo:
                                                                        "¡Sí juro!",
                                                                        y ambos del templo se salen.

                                                                        III
                                                                        Pasó un día y otro día
                                                                        un mes y otro mes pasó,
                                                                        y un año pasado había,
                                                                        mas de Flandes no volvía
                                                                        Diego, que a Flandes partió.
                                                                        Lloraba la bella Inés
                                                                        oraba un mes y otro mes
                                                                        su vuelta aguardando en vano,
                                                                        del crucifijo a los pies
                                                                        do puso el galán su mano.
                                                                        Todas las tardes venía
                                                                        después de traspuesto el sol,
                                                                        y a Dios llorando pedía
                                                                        la vuelta del español,
                                                                        y el español no volvía.
                                                                        Y siempre al anochecer,
                                                                        sin dueña y sin escudero,
                                                                        en un manto una mujer
                                                                        el campo salía a ver
                                                                        al alto del Miradero.
                                                                        ¡Ay del triste que consume
                                                                        su existencia en esperar!
                                                                        ¡Ay del triste que presume
                                                                        que el duelo con que él se abrume
                                                                        al ausente ha de pesar!
                                                                        La esperanza es de los cielos
                                                                        preciosos y funesto don,
                                                                        pues los amantes desvelos
                                                                        cambian la esperanza en celos
                                                                        que abrasan el corazón.
                                                                        Si es cierto lo que se espera
                                                                        es un consuelo en verdad;
                                                                        pero siendo una quimera,
                                                                        en tan frágil realidad
                                                                        quien espera desespera.
                                                                        Así Inés desesperaba
                                                                        sin acabar de esperar,
                                                                        y su tez se marchitaba,
                                                                        y su llanto se secaba
                                                                        para volver a brotar.
                                                                        En vano a su confesor
                                                                        pidió remedio o consejo
                                                                        para aliviar su dolor,
                                                                        que mal se cura el amor
                                                                        con las palabras de un viejo.
                                                                        En vano a Iván acudía,
                                                                        llorosa y desconsolada;
                                                                        el padre no respondía,
                                                                        que la lengua le tenía
                                                                        su propia deshonra  atada.
                                                                        Y ambos maldicen su estrella,
                                                                        callando el padre severo
                                                                        y suspirando la bella,
                                                                        porque nació altanero.
                                                                        Dos años al fin pasaron
                                                                        en esperar y gemir,
                                                                        y las guerras acabaron,
                                                                        y los de Flandes tornaron
                                                                        a sus tierras a vivir.
                                                                        Pasó un día y otro día,
                                                                        un mes y otro mes pasó,
                                                                        y el tercer año corría:
                                                                        Diego a Flandes se partió,
                                                                        mas de Flandes no volvía.
                                                                        Era una tarde serena,
                                                                        doraba el sol de Occidente
                                                                        del Tajo la Vega amena,
                                                                        y apoyada en una almena
                                                                        miraba Inés la corriente.
                                                                        Iban las tranquilas olas
                                                                        las riberas azotando
                                                                        bajo las murallas solas,
                                                                        musgo, espigas y amapolas
                                                                        ligeramente doblando.
                                                                        Algún olmo que escondido
                                                                        creció entre la hierba blanda
                                                                        sobre las aguas tendido
                                                                        se reflejaba perdido
                                                                        en su cristalina banda.
                                                                        Y algún ruiseñor colgado
                                                                        entre su fresca espesura
                                                                        daba al aire embalsamado
                                                                        su cántico regalado
                                                                        desde la enramada oscura.
                                                                        Y algún pez con cien colores,
                                                                        tornasolada la escama,
                                                                        saltaba a besar las flores,
                                                                        que exhalan gratos olores
                                                                        a las puntas de una rama.
                                                                        Y allá, en el trémulo fondo,
                                                                        el torreón se dibuja
                                                                        como el contorno redondo
                                                                        del hueco sombrío y hondo
                                                                        que habita nocturna bruja.
                                                                        Así la niña lloraba
                                                                        el rigor de su fortuna,
                                                                        y así la tarde pasaba
                                                                        y al horizonte trepaba
                                                                        la consoladora luna.
                                                                        A lo lejos, por el llano,
                                                                        en confuso remolino,
                                                                        vio de hombres tropel lejano
                                                                        que en pardo polvo liviano
                                                                        dejan envuelto el camino.
                                                                        Bajó Inés del torreón,
                                                                        y llegando recelosa
                                                                        a las puertas del Cambrón,
                                                                        sintió latir zozobrosa
                                                                        más inquieto el corazón.
                                                                        Tan galán como altanero
                                                                        dejó ver la escasa luz
                                                                        por bajo el arco primero
                                                                        un hidalgo caballero
                                                                        en un caballo andaluz.
                                                                        Jubón negro acuchillado,
                                                                        banda azul, lazo en la hombrera
                                                                        y sin pluma al diestro lado,
                                                                        el sombrero derribado
                                                                        tocando con la gorguera.
                                                                        Bombacho gris guarnecido,
                                                                        bota de ante, espuela de oro,
                                                                        hierro al cinto suspendido
                                                                        y a una cadena prendido
                                                                        agudo cuchillo moro.
                                                                        Vienen tras este jinete
                                                                        sobre potros jerezanos
                                                                        de lanceros hasta siete,
                                                                        y en adarga y coselete
                                                                        diez peones castellanos.
                                                                        Asióse a su estribo Inés,
                                                                        gritando: "¡Diego, eres tú!"
                                                                        Y él viéndola de través,
                                                                        dijo: "¡Voto a Belcebú,
                                                                        que no me acuerdo quién es!"
                                                                        Dio la triste un alarido
                                                                        tal respuesta al escuchar,
                                                                        y a poco perdió el sentido,
                                                                        sin que más voz ni gemido
                                                                        volviera en tierra a exhalar.
                                                                        Frunciendo ambas dos cejas
                                                                        encomendóla a su gente,
                                                                        diciendo: "Malditas viejas,
                                                                        que a las mozas malamente
                                                                        enloquecen con consejas!"
                                                                        Y aplicando el capitán
                                                                        a su potro las espuelas,
                                                                        el rostro a Toledo dan,
                                                                        y a trote cruzando van
                                                                        las oscuras callejuelas.

                                                                        IV
                                                                        Así por sus altos fines
                                                                        dispone y permite el cielo
                                                                        que puedan mudar al hombre
                                                                        fortuna, poder y tiempo.
                                                                        A Flandes partió Martínez
                                                                        de soldado aventurero,
                                                                        y por su suerte y hazañas
                                                                        allí capitán le hicieron.
                                                                        Según alzaba en honores
                                                                        alzábase en pensamientos,
                                                                        y tanto ayudó en la guerra
                                                                        con su valor y altos hechos,
                                                                        que el mismo rey a su vuelta
                                                                        le armó en Madrid caballero,
                                                                        tomándole a su servicio
                                                                        por capitán de lanceros.
                                                                        Y otro no fue que Martínez
                                                                        quien ha poco entró en Toledo,
                                                                        tan orgulloso y ufano
                                                                        cual salió humilde y pequeño.
                                                                        Ni es otro a quien se dirige,
                                                                        cobrado el conocimiento,
                                                                        la amorosa Inés de Vargas,
                                                                        que vive por él muriendo.
                                                                        Mas él, que olvidando todo
                                                                        olvidó su nombre mesmo,
                                                                        puesto que Diego Martínez
                                                                        es el capitán don Diego,
                                                                        ni se ablanda a sus caricias
                                                                        ni cura de sus lamentos,
                                                                        diciendo que son locuras
                                                                        de gente de poco seso:
                                                                        que ni él prometió casarse
                                                                        ni pensó jamás en ello.
                                                                        ¡Tanto mudan a los hombres
                                                                        fortuna, poder y tiempo!
                                                                        En vano porfía Inés
                                                                        con amenazas y ruegos;
                                                                        cuanto más ella importuna
                                                                        está Martínez severo.
                                                                        Abrazada a sus rodillas,
                                                                        enmarañado el cabello,
                                                                        la hermosa niña lloraba
                                                                        prosternada por el suelo.
                                                                        Mas todo empeño era inútil,
                                                                        porque el capitán don Diego
                                                                        no ha de ser Diego Martínez,
                                                                        como lo era en otro tiempo.
                                                                        Y así, llamando a su gente,
                                                                        de amor y piedad ajeno,
                                                                        mandóles que a Inés llevaran
                                                                        de grado o de valimiento.
                                                                        Mas ella, antes que la asieran,
                                                                        cesando un punto en su duelo,
                                                                        así habló, el rostro lloroso
                                                                        hacia Martínez volviendo:
                                                                        "Contigo se fue mi honra,
                                                                        conmigo tu juramento;
                                                                        pues buenas prendas son ambas,
                                                                        en buen fiel las pesaremos."
                                                                        Y la faz descolorida
                                                                        en la mantilla envolviendo,
                                                                        a pasos desatentados
                                                                        salióse del aposento.

                                                                        V
                                                                        Era entonces de Toledo
                                                                        por el rey, gobernador,
                                                                        el justiciero y valiente
                                                                        don Pedro Ruiz de Alarcón.
                                                                        Muchos años por su patria
                                                                        el buen viejo peleó;
                                                                        cercenado tiene un brazo,
                                                                        mas entero el corazón.
                                                                        La mesa tiene delante,
                                                                        los jueces en derredor,
                                                                        los corchetes a la puerta
                                                                        y en la derecha el bastón.
                                                                        Está, como presidente
                                                                        del tribunal superior,
                                                                        entre un dosel y una alfombra,
                                                                        reclinado en un sillón,
                                                                        escuchando con paciencia
                                                                        la casi asmática voz
                                                                        con que un tétrico escribano
                                                                        solfea una apelación.
                                                                        Los asistentes bostezan
                                                                        al murmullo arrullador;
                                                                        los jueces, medio dormidos,
                                                                        hacen pliegues al ropón;
                                                                        los escribanos repasan
                                                                        sus pergaminos al sol,
                                                                        los corchetes a una moza
                                                                        guiñan en un corredor,
                                                                        y abajo, en Zocodober
                                                                        gritan en discorde son,
                                                                        los que en el mercado venden,
                                                                        lo vendido y el valor.
                                                                        Una mujer en tal punto,
                                                                        en faz de grande aflicción,
                                                                        rojos de llorar los ojos,
                                                                        ronca de gemir la voz,
                                                                        suelto el caballo y el manto,
                                                                        tomó plaza en el salón
                                                                        diciendo a gritos: "¡Justicia,
                                                                        jueces, justicia, señor!"
                                                                        Y a los pies se arroja humilde
                                                                        de don Pedro de Alarcón,
                                                                        en tanto que los curiosos
                                                                        se agitan alrededor.
                                                                        Alzóla cortés don Pedro,
                                                                        calmando la confusión
                                                                        y el tumultuoso murmullo
                                                                        que esta escena ocasionó,
                                                                        diciendo:
                                                                        "Mujer, ¿qué quieres?
                                                                        "Quiero justicia, señor."
                                                                        "¿De qué?"
                                                                        "De una prenda hurtada."
                                                                        "¿Qué prenda?"
                                                                        "Mi corazón."
                                                                        "¿Tú lo diste?"
                                                                        "Lo presté."
                                                                        "¿Y no te le han vuelto?"
                                                                        "No."
                                                                        "¿Tienes testigos?"
                                                                        "Ninguno."
                                                                        "¿Y promesa?"
                                                                        "¡Sí, por Dios!
                                                                        Que al partirse de Toledo
                                                                        un juramento empeñó."
                                                                        "¿Quién es él?"
                                                                        "Diego Martínez."
                                                                        "¿Noble?"
                                                                        "Y capitán, señor."
                                                                        "Presentadme al capitán,
                                                                        que cumplirá si juró."
                                                                        Quedó en silencio la sala,
                                                                        y a poco en el corredor
                                                                        se oyó de botas y espuelas
                                                                        el acompasado son.
                                                                        Un portero, levantando
                                                                        el tapiz, en alta voz
                                                                        dijo: "El capitán don Diego."
                                                                        Y entró luego en el salón
                                                                        Diego Martínez, los ojos
                                                                        llenos de orgullo y furor.
                                                                        "¿Sois el capitán don Diego
                                                                        --díjole don Pedro-- vos?"
                                                                        Contestó altivo y sereno
                                                                        Diego Martínez:
                                                                        "Yo soy."
                                                                        "¿Conocéis a esta muchacha?"
                                                                        "Ha tres años, salvo error."
                                                                        "¿Hicísteisla juramento
                                                                        de ser su marido?
                                                                        "No."
                                                                        "¿Juráis no haberlo jurado?"
                                                                        "Sí, juro."
                                                                        "Pues id con Dios."
                                                                        "¡Miente!", calmó Inés llorando
                                                                        de despecho y de rubor.
                                                                        "Mujer, ¡piensa lo que dices……!"
                                                                        "Digo que miente, juró."
                                                                        "¿Tienes testigos?"
                                                                        "Ninguno."
                                                                        "Capitán, idos con Dios,
                                                                        y dispensad que acusado
                                                                        dudara de vuestro honor."
                                                                        Tornó Martínez la espalda,
                                                                        con brusca satisfacción,
                                                                        e Inés, que le vio partirse;
                                                                        resuelta y firme gritó:
                                                                        "Llamadle, tengo un testigo;
                                                                        llamadle otra vez, señor."
                                                                        Volvió el capitán don Diego,
                                                                        sentóse Ruiz de Alarcón,
                                                                        la multitud aquietóse
                                                                        y la de Vargas siguió:
                                                                        "Tengo un testigo a quien nunca
                                                                        faltó verdad ni razón."
                                                                        "¿Quién?"
                                                                        "Un hombre que de lejos
                                                                        nuestras palabras oyó,
                                                                        mirándonos desde arriba."
                                                                        "¿Estaba en algún balcón?"
                                                                        "No, que estaba en un suplicio
                                                                        donde ha tiempo que expiró."
                                                                        "¿Luego es muerto?"
                                                                        "No, que vive,"
                                                                        "Estáis loca, ¡vive Dios!
                                                                        ¿Quién fue?"
                                                                        "El Cristo de la Vega,
                                                                        a cuya faz perjuró."
                                                                        Pusiéronse en pie los jueces
                                                                        al nombre del Redentor,
                                                                        escuchando con asombro
                                                                        tan excelsa apelación.
                                                                        Reinó un profundo silencio
                                                                        de sorpresa y de pavor,
                                                                        y Diego bajó los ojos
                                                                        de vergüenza y confusión.
                                                                        Un instante con los jueces
                                                                        don Pedro en secreto habló,
                                                                        y levantóse diciendo
                                                                        con respetuosa voz:
                                                                        "La ley es ley para todos;
                                                                        tu testigo es el mejor,
                                                                        mas para tales testigos
                                                                        no hay más tribunal que Dios.
                                                                        Haremos….. lo que sepamos.
                                                                        Escribano, al caer el sol
                                                                        al Cristo que está en la Vega
                                                                        tomaréis declaración."

                                                                        VI
                                                                        Es una tarde serena,
                                                                        cuya luz tornasolada
                                                                        del purpurino horizonte
                                                                        blandamente se derrama.
                                                                        Plácido aroma de flores
                                                                        sus hojas plegando exhalan,
                                                                        y el céfiro entre perfumes
                                                                        mece las trémulas alas.
                                                                        Brillan abajo en el valle
                                                                        con suave rumor las aguas,
                                                                        y las aves en la orilla
                                                                        despidiendo al día cantan.
                                                                        Allá por el Miradero
                                                                        por el Cambrón y Bisagra,
                                                                        confuso tropel de gente
                                                                        del Tajo a la Vega baja.
                                                                        Vienen delante don Pedro
                                                                        de Alarcón, Iván de Vargas,
                                                                        su hija Inés, los escribanos,
                                                                        los corchetes y los guardias;
                                                                        y detrás, monjes, hidalgos,
                                                                        mozas, chicos y canalla.
                                                                        Otra turba de curiosos
                                                                        en la Vega les aguarda,
                                                                        cada cual comentariando
                                                                        el caso según le cuadra.
                                                                        Entre ellos está Martínez
                                                                        en apostura bizarra,
                                                                        calzadas espuelas de oro,
                                                                        valona de encaje blanca,
                                                                        bigote a la borgoñesa,
                                                                        melena desmelenada,
                                                                        el sombrero guarnecido
                                                                        con cuatro lazos de plata,
                                                                        un pie delante del otro,
                                                                        y el puño en el de la espada.
                                                                        Los plebeyos, de reojo,
                                                                        le miran de entre las capas,
                                                                        los chicos al uniforme
                                                                        y las mozas a la cara.
                                                                        Llegado el gobernador
                                                                        y gente que le acompaña,
                                                                        entraron todos al claustro
                                                                        que iglesia y patio separa.
                                                                        Encendieron ante el Cristo
                                                                        cuatro cirios y una lámpara
                                                                        y de hinojos un momento
                                                                        le rezaron en voz baja.
                                                                        Está el Cristo de la Vega
                                                                        la cruz en tierra posada,
                                                                        los pies alzados del suelo
                                                                        poco menos de una vara;
                                                                        hacia la severa imagen
                                                                        un notario se adelanta
                                                                        de modo que con el rostro
                                                                        al pecho santo llegaba.
                                                                        A un lado tiene a Martínez,
                                                                        a otro lado a Inés de Vargas,
                                                                        detrás al gobernador
                                                                        con sus jueces y sus guardias.
                                                                        Después de leer dos veces
                                                                        la acusación entablada,
                                                                        el notario a Jesucristo,
                                                                        así demandó en voz alta:
                                                                        Jesús, Hijo de María,
                                                                        ante nos esta mañana,
                                                                        citado como testigo
                                                                        por boca de Inés de Vargas,
                                                                        ¿juráis ser cierto que un día
                                                                        a vuestras divinas plantas
                                                                        juró a Inés Diego Martínez
                                                                        por su mujer desposarla?
                                                                        Asida a un brazo desnudo
                                                                        una mano atarazada
                                                                        vino a posar en los autos
                                                                        la seca y hendida palma,
                                                                        y allá en los aires: "¡Sí, juro!"
                                                                        clamó una voz más que humana.
                                                                        Alzó la turba medrosa
                                                                        la vista a la imagen santa…….
                                                                        Los labios tenía abiertos
                                                                        y una mano desclavada.

                                                                        Conclusión
                                                                        Las vanidades del mundo
                                                                        renunció allí mismo Inés,
                                                                        y espantado de sí propio
                                                                        Diego Martínez también.
                                                                        Los escribanos, temblando
                                                                        dieron de esta escena fe,
                                                                        firmando como testigos
                                                                        cuantos hubieron poder.
                                                                        Fundóse un aniversario
                                                                        y una capilla con él,
                                                                        y don Pedro de Alarcón
                                                                        el altar ordenó hacer,
                                                                        donde hasta el tiempo que corre,
                                                                        y en cada año una vez,
                                                                        con la mano desclavada
                                                                        el crucifijo se ve.








                                                                         16/02/2015
                                                                        • el duelo del mayoral

                                                                        anonimo




                                                                        ¿Qué cómo fue, señora...?

                                                                        Como son las cosas cuando son del alma.

                                                                        Ella era linda y él era muy hombre,

                                                                        y yo la quería y ella me adoraba;

                                                                        pero él, hecho sombra, se me interponía

                                                                        y todas las noches junto a la ventana

                                                                        fragantes manojos de rosas había

                                                                        y rojos claveles y dalias de nácar.

                                                                        Y cuando las sombras cubrían las cosas

                                                                        y en el ancho cielo la luna brillaba,

                                                                        de entre las palmeras brotaba su canto

                                                                        y como una flecha a su casa llegaba.

                                                                        ¡Cómo la quería! Cómo le cantaba sus ansias de amores

                                                                        y cómo vibraba con él su guitarra.

                                                                        Y yo tras las palmas con rabia le oía

                                                                        y entre canto y canto colgaba una lágrima.

                                                                        Lágrima de hombre, no crea otra cosa,

                                                                        que los hombres lloran como las mujeres

                                                                        porque tienen débil, como ellas, el alma.

                                                                        No puedo evitarlo, la envidia es muy negra
                                                                        y la pena de amor es muy mala, 
                                                                        y cuando la sangre se enrabia en las venas
                                                                        no hay quien pueda, señora, calmarla...
                                                                        Y una noche, lo que hacen los celos,
                                                                        lo esperé allá abajo, junto a la cañada; 
                                                                        retumbaba el trueno, llovía, y el río
                                                                        igual que mis venas hinchado bajaba.
                                                                        Al fin a lo lejos lo vi entre las sombras,
                                                                        venía cantando su loca esperanza,
                                                                        en el cinto colgaba el machete,
                                                                        bajo el brazo la alegre guitarra.
                                                                        Llegó hasta mi lado, tranquilo, sereno,
                                                                        me clavó con los ojos su fría mirada;
                                                                        me dijo: -¡Me espera?... Le dije: -¡Te espero!
                                                                        y no hablamos más, ni media palabra.
                                                                        Que era bravo el hombre, cual los hombres machos,
                                                                        y los hombres machos pelean, no hablan.


                                                                        ¡Cómo la quería...! El machete dijo

                                                                        su amor y sus ansias, roncaba su pecho,

                                                                        brillaban sus ojos, y entre golpe y golpe ponía su alma.

                                                                        No fue lucha de hombres, fue lucha de toros,

                                                                        eso bien lo sabe la vieja cañada,

                                                                        pero más que el amor y el ensueño

                                                                        pudieron la envidia y la rabia,

                                                                        y al fin mi machete lo dejó tendido

                                                                        sobre su guitarra...

                                                                        No tema, señora, con cosas pasadas...

                                                                        Todavía en el suelo me dijo llorando:

                                                                        -¡Quiérela... que es buena...!

                                                                        Quiérela... como yo la he querido

                                                                        ¡Quiérela... que es santa...

                                                                        que aunque muero...

                                                                        la llevo metida en el alma!

                                                                        Y tuve celos, señora, del que así me hablaba

                                                                        y tuve celos de aquel que moría

                                                                        y aun muriendo la amaba...
                                                                        Y la sangre cegó mis pupilas
                                                                        y el machete en la mano temblome con rabia
                                                                        y lo hundí en su pecho con odio y con furia
                                                                        y rasgué su carne buscándole el alma...
                                                                        Porque en el alma se llevaba mi hembra...
                                                                        y yo no quería que se la llevara.





                                                                        11/02/2015


                                                                        Señor José Manuel Marroquín

                                                                         

                                                                        • Los cazadores y la perilla.

                                                                         


                                                                        Es flaca sobre manera
                                                                        Toda humana previsión,
                                                                        Pues en mas de una ocasión
                                                                        Sale lo que no se espera.
                                                                        Salió al campo una mañana
                                                                        Un experto cazador,
                                                                        El mas hábil y el mejor Alumno que tuvo Diana.
                                                                        Seguíale gran cuadrilla
                                                                        De ejercitados monteros,
                                                                        De ojeadores, ballesteros
                                                                        Y  de mozos de trailla:
                                                                        Van todos apercibidos
                                                                        Con las armas necesarias,
                                                                        Y llevan de castas varias
                                                                        Perros diestros y atrevidos,
                                                                        Caballos de noble raza,
                                                                        Cornetas de monte; en fin,
                                                                        Cuanto exige  Moratin
                                                                        En su poema "La Caza."
                                                                        Levantan pronto una pieza,
                                                                        Un jabalí corpulento,
                                                                        Que huye veloz, rabo a viento,
                                                                        Y rompiendo la maleza. Todos siguen con gran bulla
                                                                        Tras la cerdosa alimaña;
                                                                        Pero ella se da tal maña
                                                                        Que a todos los aturrulla;
                                                                        Y aunque gastan todo el día
                                                                        En paradas, idas, vueltas,
                                                                        Y carreras y revueltas,
                                                                        Es vana tanta porfía.
                                                                        Ahora que los lectores
                                                                        Han visto de qué manera
                                                                        Pudo burlarse la fiera
                                                                        De los tales cazadores,
                                                                        Oigan lo que aconteció,
                                                                        Y aunque es suceso que admira
                                                                        No piensen, no, que es mentira,
                                                                        Que lo cuenta quien lo vio.
                                                                        Al pié de uno de los cerros Que batieron aquel día,
                                                                        Una viejilla vivía,
                                                                        Que oyó ladrar a los perros;
                                                                        Y con gana de saber
                                                                        En qué paraba la fiesta
                                                                        Iba subiendo la cuesta,
                                                                        A eso del anochecer.
                                                                        Con ella iba una perrilla....
                                                                        Mas, sin pasar adelante,
                                                                        Es preciso que un instante
                                                                        Gastemos en describilla:
                                                                        Perra de canes decana
                                                                        Y entre perras protoperra,
                                                                        Era tenida en su tierra
                                                                        Por perra antediluviana;
                                                                        Flaco era el animalejo,
                                                                        El mas flaco de los canes, Era el rastro, eran los manes
                                                                        De un cuasi-semi-ex-gozquejo;
                                                                        Sarnosa era..., digo mal,
                                                                        No era una perra sarnosa,
                                                                        Era una sarna perrosa
                                                                        Y en figura de animal;
                                                                        Era, otro sí, derrengada;
                                                                        La derribaba un resuello:
                                                                        Puede decirse que aquello
                                                                        No era perra ni era nada.
                                                                        A ver, pues, la batahola
                                                                        La vieja al cerro subía,
                                                                        De la perra en compañía,
                                                                        Que era lo mismo que ir sola.
                                                                        Por donde iba, hizo la suerte
                                                                        Que se hubiese el jabalí
                                                                        Escondido, por sí así Se libraba de la muerte;
                                                                        Empero, sintiendo luego
                                                                        Que por ahí andaba gente,
                                                                        Tuvo por cosa prudente
                                                                        Tomar las de Villadiego:
                                                                        La vieja entonces al ver
                                                                        Que escapaba por la loma,
                                                                        Sús! dijo por pura broma,
                                                                        Y la perra echó a correr.
                                                                        Y aquella perra extenuada,
                                                                        Sombra de perra que fué,
                                                                        De la cual se dijo que
                                                                        No era perra ni era nada,
                                                                        Aquella perrilla, sí,
                                                                        Cosa es de volverse loco!
                                                                        No pudo coger tampoco
                                                                        Al maldito jabalí.



                                                                        10/02/2015
                                                                        Les comparto un escrito que nos llego a nuestro correo, por parte de un de nuestros seguidores gracias por escribirnos diarioconfesiones@gmail.com


                                                                        SUPRESIÓN
                                                                        Supresión de mis sentidos
                                                                        Augurio de gemidos
                                                                        Desapercibidos los tormentos
                                                                        Así me inspiran sus momentos.
                                                                        Supresión de mis penas
                                                                        Admiración de sus palabras
                                                                        Cada una tan perpetuas
                                                                        Habrá versos que besara.
                                                                        Supresión de tanta cordura
                                                                        Impaciencia enorme y opaca
                                                                        Nuestra mente supura
                                                                        Lo que el corazón embriaga.
                                                                        Supresión de las ilusiones
                                                                        Explosión de realidades
                                                                        Fugaces y tormentosas verdades
                                                                        Revelan todas las llaves.
                                                                        Su presión
                                                                        Carlos. A. Bolivar . 

                                                                        09/02/2015

                                                                        Sueña el rey que es rey 


                                                                        Pedro Calderón de la  Barca 



                                                                        (Fragmento de la vida es un sueño) 

                                                                        Sueña el rey que es rey y vive con este engaño mandando,

                                                                        disponiendo y gobernando;

                                                                        y este aplauso, que recibe

                                                                        prestado, en el viento escribe,

                                                                        y en cenizas le convierte

                                                                        la muerte, ¡desdicha fuerte!

                                                                        ¿Que hay quien intente reinar,

                                                                        viendo que ha de despertar

                                                                        en el sueño de la muerte?


                                                                          Sueña el rico en su riqueza,

                                                                        que más cuidados le ofrece;

                                                                        sueña el pobre que padece

                                                                        su miseria y su pobreza;

                                                                        sueña el que a medrar empieza,

                                                                        sueña el que afana y pretende,

                                                                        sueña el que agravia y ofende,

                                                                        y en el mundo, en conclusión,

                                                                        todos sueñan lo que son,

                                                                        aunque ninguno lo entiende.

                                                                          Yo sueño que estoy aquí

                                                                        destas prisiones cargado,

                                                                        y soñé que en otro estado

                                                                        más lisonjero me vi.

                                                                        ¿Qué es la vida?  Un frenesí.

                                                                        ¿Qué es la vida?  Una ilusión,

                                                                        una sombra, una ficción,

                                                                        y el mayor bien es pequeño:

                                                                        que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. 





                                                                        05/02/15
                                                                        les comparto un escrito que nos llego al correo por una de nuestras seguidoras, gracias por escribirnos.  diarioconfesiones@gmail.com

                                                                        Los tiempos han cambiado, ya el amor no es como antes, y un día pensé en explicárselo a mi madre.
                                                                         Pero luego dije ¿cómo? Cómo le puedo explicar qué las visitas ya no se hacen en la sala, qué ya no esperas hasta la tercera salida para el primer beso, ahora primero lo besas y luego, sabrás si habrá una cita.
                                                                        Ya los te amos son cursis , o palabras que se dicen sin sentido , qué son más veces las que “tiras” que las que haces el amor , qué la palabra caballeroso la hemos resumido a si el personaje , te corre la silla o te abre la puerta, y que  en estos tiempos sabes que tan interesante eres ,si él puede pasar todo el día sin mirar su celular .Y es que ahora no solo tienes que estar pendiente si ve o habla con otras de forma indecente , ahora tienes que ver si sus en sus redes también te tiene presente.
                                                                        Y como si fuera poco tienes que saber los significados y límites de mil nombres que se han inventado, para poder contestar y la famosa e incómoda pregunta: ¿y ustedes que son? Donde la respuesta podría ser tan fantasiosa, como: somos NOVIOS, o tan  cruda y realista, que por obvias razones va acompañada por risas para restarle importancia: –jajaja Nada, solo “culitos”.
                                                                        Así que lo pensé mejor, y decidí no hacerlo, porque a la vez tendría que responder ¿por qué dejamos que cambiara? Y la verdad no sabría cómo hacerlo, solo espero que su matrimonio le dure tanto como pueda; porque, el “amor”, ya no es como una novela de literatura de las que ella aun suele leer, ahora es un campo de batalla en los que se pierde más de una vez.

                                                                        L.G



                                                                        04/02/2015
                                                                        • Berenice 

                                                                        Edgar Allan Poe



                                                                        Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.

                                                                        -Ebn Zaiat


                                                                        La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
                                                                        Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
                                                                        Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
                                                                        En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.
                                                                        Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.
                                                                        Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.
                                                                        Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.
                                                                        Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentumo primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
                                                                        Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.
                                                                        Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
                                                                        En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
                                                                        Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
                                                                        ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.
                                                                        La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!
                                                                        El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
                                                                        Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.
                                                                        Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
                                                                        En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?
                                                                        Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
                                                                        Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.
                                                                        FIN




                                                                        03/02/2015

                                                                        les comparto un escrito que nos llego al correo por una de nuestras seguidoras, gracias por escribirnos.  diarioconfesiones@gmail.com



                                                                        confieso 

                                                                        no es que no me enamore, es que soy de las que se enamoran sinceramente, con cartas, con versos, con hechos, eso no lo hace cualquier palabra cualquier noche cualquier beso... no me enamora la mentira porque para mi pena se reconocerlo, me enamora con locura, la dura realidad, ver los defectos me gusta verlo todo no solo lo perfecto, me gusta ser consciente de quien es una persona por completo. no amo por partes, no amo reflejos, amo verdades y esas no están en los cuentos.

                                                                        J.A.R




                                                                        02/02/2015

                                                                        • Hombres necios que acusáis

                                                                        Sor Juana Inés de la Cruz

                                                                        Hombres necios que acusáis
                                                                        a la mujer sin razón,
                                                                        sin ver que sois la ocasión
                                                                        de lo mismo que culpáis.

                                                                        Si con ansia sin igual
                                                                        solicitáis su desdén,
                                                                        ¿por qué queréis que obren bien
                                                                        si las incitáis al mal?

                                                                        Combatís su resistencia
                                                                        y luego con gravedad
                                                                        decís que fue liviandad
                                                                        lo que hizo la diligencia.

                                                                        Parecer quiere el denuedo
                                                                        de vuestro parecer loco
                                                                        al niño que pone el coco
                                                                        y luego le tiene miedo.

                                                                        Queréis con presunción necia
                                                                        hallar a la que buscáis,
                                                                        para pretendida, Tais,
                                                                        y en la posesión, Lucrecia.

                                                                        ¿Qué humor puede ser más raro
                                                                        que el que, falto de consejo,
                                                                        él mismo empaña el espejo
                                                                        y siente que no esté claro?

                                                                        Con el favor y el desdén
                                                                        tenéis condición igual,
                                                                        quejándoos, si os tratan mal,
                                                                        burlándoos, si os quieren bien.

                                                                        Opinión ninguna gana,
                                                                        pues la que más se recata,
                                                                        si no os admite, es ingrata,
                                                                        y si os admite, es liviana.

                                                                        Siempre tan necios andáis
                                                                        que con desigual nivel
                                                                        a una culpáis por cruel
                                                                        y a otra por fácil culpáis.

                                                                        ¿Pues cómo ha de estar templada
                                                                        la que vuestro amor pretende,
                                                                        si la que es ingrata ofende
                                                                        y la que es fácil enfada?

                                                                        Mas entre el enfado y pena
                                                                        que vuestro gusto refiere,
                                                                        bien haya la que no os quiere
                                                                        y queja enhorabuena.

                                                                        Dan vuestras amantes penas
                                                                        a sus libertades alas
                                                                        y después de hacerlas malas
                                                                        las queréis hallar muy buenas.

                                                                        ¿Cuál mayor culpa ha tenido
                                                                        en una pasión errada:
                                                                        la que cae de rogada
                                                                        o el que ruega de caído?

                                                                        ¿O cuál es más de culpar,
                                                                        aunque cualquiera mal haga:
                                                                        la que peca por la paga
                                                                        o el que paga por pecar?

                                                                        ¿Pues para qué os espantáis
                                                                        de la culpa que tenéis?
                                                                        Queredlas cual las hacéis
                                                                        o hacedlas cual las buscáis.

                                                                        Dejad de solicitar
                                                                        y después con más razón
                                                                        acusaréis la afición
                                                                        de la que os fuere a rogar.

                                                                        Bien con muchas armas fundo
                                                                        que lidia vuestra arrogancia,
                                                                        pues en promesa e instancia
                                                                        juntáis diablo, carne y mundo.

                                                                        No hay comentarios:

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